Los chicos han sido ruines siempre, decía mi abuela. E
innumerables reseñas así lo corroboran. Por eso, en esta segunda entrega de
este tercer pilar del edificio educativo, abordaremos aspectos más humanos, más
de sociedad profunda. Y así, probablemente, comprendamos el porqué de las
ausencias, de las faltas de asistencia a los antros del saber. Puede que sea la
parte dramática de la película, pero que es menester conocer para intentar,
siquiera sea por una composición de lugar, ahondar en una problemática que
adquirió tintes alarmantes hasta cerca de ayer mismo.
Conoceremos también campañas, casi siempre de gente acomodada,
por aquello del bien quedar, a las que se les daba publicidad en los medios
impresos. Para que fueran conocidas, claro, por los propios organizadores,
porque a quienes iban dirigidas bastante tenían con atisbar soluciones a su
miserable situación.
Esos mismos periódicos de marcadas –y muy católicas– líneas
editorialistas que no sufrían empacho en alabar y distinguir al hijo de don
fulanito de tal por cualquier nimiedad y, a la par, calificar de drama los
sucesos acaecidos a los don nadie. Lo de don es un decir. Esos mozalbetes que
sólo se entretienen en arrojar piedras a la ilustre señora de..., que hubo de
protegerse bajo su elegante paraguas y que ruega al señor alcalde de turno para
que limpie de inmundicia las calles por las que transita.
Esas pandillas de golfos que pululan por las calles es la
expresión que se reitera hasta la saciedad. Me alegro enormemente de haber
vivido toda la vida en el campo. En el que ni había niños pululando ni mucho menos
calles en los que pulular las pandillas. Porque, en todo caso, el que no iba a
la escuela era porque debía echar una mano a las depauperadas arcas familiares.
El Regional (La
Orotava, 15-julio-1905, año I, número 28, página 1) nos habla, largo y tendido
de El problema de la mendicidad.
Creyendo que La Orotava era uno de los pueblos llamados a evitar ese triste y
vergonzoso espectáculo. Porque el espíritu de amor y caridad al prójimo, de
conmiseración por la desdicha ajena, iba a permitir que no mendigara por sus
calles esa horda de seres harapientos, exhibiendo, para estimular al sentimiento
del público, llagas y lacerias repugnantes, que sólo indican un estado
lamentable de la cultura general.
Pero, a pesar de la publicación de un bando, el estado de la
mendicidad se halla en el mismo punto. Y la culpa no puede ser sólo achacable a
las autoridades, sino, además, a la indiferencia del vecindario, que debe tomar
conciencia del problema que se acarrea. Porque junto a los verdaderamente
necesitados, están los golfos aprovechados que molestan continuamente al
transeúnte.
Entre ellos, por supuesto, los niños, que se abalanzan sobre
el incipiente turismo en demanda del penny.
Y La Orotava debe secundar los movimientos originados en algunas capitales
españolas, en donde se nota una reacción general contra esta plaga que azota
pueblos y ciudades. Y a su frente, D. Nicolás de Ponte, su alcalde.
El fomento del turismo en los primeros años del siglo XX que
llevaron a cabo algunos periódicos, sobre todo los editados en Puerto de la
Cruz, chocaba siempre con un problema: la mendicidad. A la que no dudaban en
calificar como lepra de la sociedad, que tan injustamente nos muestra sus
llagas y pústulas, como si así quisiera ablandar nuestros sentimientos,
alcanzando más fácilmente nuestros óbolos.
En La Comarca (Icod de los Vinos, 18-mayo-1919, año I,
número 8, página 2) un sentido artículo, Los
niños mendigos, con el antetítulo de Escenas
tristes, con el consabido exordio de Pululan por nuestras calles,
implorando la pública caridad, un considerable número de infantes pobres, de
niños abandonados, de chiquillas enfermizas, anémicas...
Que caminan sin rumbo, al azar, pidiendo, con la súplica
halagadora de sus dulces voces, la necesaria y santa limosna con que poder
atender a las miserias del hogar o a la enfermedad de sus madres desgraciadas,
dice el articulista. Que da un enfoque diferente al tratamiento. Porque no lo
considera desde el punto de vista de un problema de orden público. O de mala
imagen ante el curioso extranjero que nos visita. No, es un planteamiento de
más hondo calado. Que quiere incidir en el porqué de la situación. En la causa
por la que niños y niñas de corta edad se ven abocados a una vida de dolor y
pena. Que choca, en la mayoría de las veces, con la frivolidad e indiferencia
de la sociedad. Que tolera, cínica y despreocupadamente, la situación.
En sus labios de inocencia, la desventura ha crispado una
mueca cruel y trágicamente dolorosa. En sus bellos ojos, encendidos por la
fiebre o apagados por el hambre, se refleja la honda tristeza de sus espíritus
visionarios y candorosos. Es luz mortecina, sin ilusiones ni alegrías, que va
alumbrando el breve instante de la niñez sin caricias, sin amor y sin besos.
Y al tiempo que se ruega al ayuntamiento de que busque una
fórmula para poder poner remedio a este mal que se agudiza –y que antes de la
guerra era desconocido– y así organizar la mendicidad, indica que debe hacerse
llegar la mayor protección posible a donde menester fuere, para que se mitiguen
los dolores, se enjuguen las lágrimas y se remedien las desgracias; enviar
abrigo y alimento y también la necesaria medicación.
Cualquier cosa, menos seguir permitiendo por más tiempo que
tiernas criaturas, ángeles de la vida que aún están en la flor de la ilusión,
inconscientes del mal que se hacen, sigan implorando. Máxime cuando en algunos
casos el producto de tales acciones puedan desviarse para sostener vicios o
proteger holganzas.
Además que esas escenas que hoy presenciamos, constituye un
natural peligro para la moral infantil, siendo precursora de grandes males para
esos hombres del mañana; entorpeciendo de paso, cuando no anulando totalmente,
toda sana labor de ciudadanía y de amor al trabajo, a que estamos obligados a
estimularles con la vista puesta en el porvenir, ya que el porvenir es de
ellos, de esos niños que hoy miran, sonríen e imploran con sus ojos tristes,
mendigando inconscientes, con la halagadora súplica de sus voces mimosas,
dulces, insinuantes...
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NOTA INFORMATIVA. Actos con motivo del Centenario del Casino de La Dehesa:
Viernes, 14 de octubre de
2022, 7 de la tarde: Charlas de Humberto Hernández, presidente de la
Academia Canaria de la Lengua y Rafael Yanes, Diputado del Común.
Viernes, 11 de noviembre
de 2022, 7 de la tarde: Presentación del libro “Un siglo, que no es poco ─ Sociedad Valle de Taoro (1922-2022)”, de Jesús Manuel
Hernández García.
¿Nos acompañas? Entrada libre
y sin compromiso alguno.

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