viernes, 23 de septiembre de 2022

Mendicidad

Hoy me apetece rescatar unos párrafos de cierto trabajo con el que me entró la afición de acudir a periódicos viejos. Deja ver si entro en perras:

Los chicos han sido ruines siempre, decía mi abuela. E innumerables reseñas así lo corroboran. Por eso, en esta segunda entrega de este tercer pilar del edificio educativo, abordaremos aspectos más humanos, más de sociedad profunda. Y así, probablemente, comprendamos el porqué de las ausencias, de las faltas de asistencia a los antros del saber. Puede que sea la parte dramática de la película, pero que es menester conocer para intentar, siquiera sea por una composición de lugar, ahondar en una problemática que adquirió tintes alarmantes hasta cerca de ayer mismo.

Conoceremos también campañas, casi siempre de gente acomodada, por aquello del bien quedar, a las que se les daba publicidad en los medios impresos. Para que fueran conocidas, claro, por los propios organizadores, porque a quienes iban dirigidas bastante tenían con atisbar soluciones a su miserable situación.

Esos mismos periódicos de marcadas –y muy católicas– líneas editorialistas que no sufrían empacho en alabar y distinguir al hijo de don fulanito de tal por cualquier nimiedad y, a la par, calificar de drama los sucesos acaecidos a los don nadie. Lo de don es un decir. Esos mozalbetes que sólo se entretienen en arrojar piedras a la ilustre señora de..., que hubo de protegerse bajo su elegante paraguas y que ruega al señor alcalde de turno para que limpie de inmundicia las calles por las que transita.

Esas pandillas de golfos que pululan por las calles es la expresión que se reitera hasta la saciedad. Me alegro enormemente de haber vivido toda la vida en el campo. En el que ni había niños pululando ni mucho menos calles en los que pulular las pandillas. Porque, en todo caso, el que no iba a la escuela era porque debía echar una mano a las depauperadas arcas familiares.

El Regional (La Orotava, 15-julio-1905, año I, número 28, página 1) nos habla, largo y tendido de El problema de la mendicidad. Creyendo que La Orotava era uno de los pueblos llamados a evitar ese triste y vergonzoso espectáculo. Porque el espíritu de amor y caridad al prójimo, de conmiseración por la desdicha ajena, iba a permitir que no mendigara por sus calles esa horda de seres harapientos, exhibiendo, para estimular al sentimiento del público, llagas y lacerias repugnantes, que sólo indican un estado lamentable de la cultura general.

Pero, a pesar de la publicación de un bando, el estado de la mendicidad se halla en el mismo punto. Y la culpa no puede ser sólo achacable a las autoridades, sino, además, a la indiferencia del vecindario, que debe tomar conciencia del problema que se acarrea. Porque junto a los verdaderamente necesitados, están los golfos aprovechados que molestan continuamente al transeúnte.

Entre ellos, por supuesto, los niños, que se abalanzan sobre el incipiente turismo en demanda del penny. Y La Orotava debe secundar los movimientos originados en algunas capitales españolas, en donde se nota una reacción general contra esta plaga que azota pueblos y ciudades. Y a su frente, D. Nicolás de Ponte, su alcalde.

El fomento del turismo en los primeros años del siglo XX que llevaron a cabo algunos periódicos, sobre todo los editados en Puerto de la Cruz, chocaba siempre con un problema: la mendicidad. A la que no dudaban en calificar como lepra de la sociedad, que tan injustamente nos muestra sus llagas y pústulas, como si así quisiera ablandar nuestros sentimientos, alcanzando más fácilmente nuestros óbolos.

En La Comarca  (Icod de los Vinos, 18-mayo-1919, año I, número 8, página 2) un sentido artículo, Los niños mendigos, con el antetítulo de Escenas tristes, con el consabido exordio de Pululan por nuestras calles, implorando la pública caridad, un considerable número de infantes pobres, de niños abandonados, de chiquillas enfermizas, anémicas...

Que caminan sin rumbo, al azar, pidiendo, con la súplica halagadora de sus dulces voces, la necesaria y santa limosna con que poder atender a las miserias del hogar o a la enfermedad de sus madres desgraciadas, dice el articulista. Que da un enfoque diferente al tratamiento. Porque no lo considera desde el punto de vista de un problema de orden público. O de mala imagen ante el curioso extranjero que nos visita. No, es un planteamiento de más hondo calado. Que quiere incidir en el porqué de la situación. En la causa por la que niños y niñas de corta edad se ven abocados a una vida de dolor y pena. Que choca, en la mayoría de las veces, con la frivolidad e indiferencia de la sociedad. Que tolera, cínica y despreocupadamente, la situación.

En sus labios de inocencia, la desventura ha crispado una mueca cruel y trágicamente dolorosa. En sus bellos ojos, encendidos por la fiebre o apagados por el hambre, se refleja la honda tristeza de sus espíritus visionarios y candorosos. Es luz mortecina, sin ilusiones ni alegrías, que va alumbrando el breve instante de la niñez sin caricias, sin amor y sin besos.

Y al tiempo que se ruega al ayuntamiento de que busque una fórmula para poder poner remedio a este mal que se agudiza –y que antes de la guerra era desconocido– y así organizar la mendicidad, indica que debe hacerse llegar la mayor protección posible a donde menester fuere, para que se mitiguen los dolores, se enjuguen las lágrimas y se remedien las desgracias; enviar abrigo y alimento y también la necesaria medicación.

Cualquier cosa, menos seguir permitiendo por más tiempo que tiernas criaturas, ángeles de la vida que aún están en la flor de la ilusión, inconscientes del mal que se hacen, sigan implorando. Máxime cuando en algunos casos el producto de tales acciones puedan desviarse para sostener vicios o proteger holganzas.

Además que esas escenas que hoy presenciamos, constituye un natural peligro para la moral infantil, siendo precursora de grandes males para esos hombres del mañana; entorpeciendo de paso, cuando no anulando totalmente, toda sana labor de ciudadanía y de amor al trabajo, a que estamos obligados a estimularles con la vista puesta en el porvenir, ya que el porvenir es de ellos, de esos niños que hoy miran, sonríen e imploran con sus ojos tristes, mendigando inconscientes, con la halagadora súplica de sus voces mimosas, dulces, insinuantes...

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NOTA INFORMATIVA. Actos con motivo del Centenario del Casino de La Dehesa:

Viernes, 14 de octubre de 2022, 7 de la tarde: Charlas de Humberto Hernández, presidente de la Academia Canaria de la Lengua y Rafael Yanes, Diputado del Común.

Viernes, 11 de noviembre de 2022, 7 de la tarde: Presentación del libro “Un siglo, que no es poco Sociedad Valle de Taoro (1922-2022)”, de Jesús Manuel Hernández García.

¿Nos acompañas? Entrada libre y sin compromiso alguno.

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