miércoles, 6 de julio de 2022

Yo también quiero

Casi dieciocho mil millones de euros es el importe total de las deudas que suman los siete mil privilegiados que conforman la lista de morosos ante la Agencia Tributaria. Y tengo un disgusto enorme: yo no estoy en el inventario. No hay derecho. Siempre se retratan los que más tienen. A esa masa de ciudadanos encuadrados en las clases media y baja de este país, ni la más mínima posibilidad de publicidad gratis. Y es algo completamente normal que a más dinero… menos te guste soltarlo. Es por ese nimio detalle el que estos afortunados no se llevan bien con quien pretenda hacerles disminuir el caudal. Simple mecanismo de una defensa a ultranza de sus intereses económicos.

Claro que si nos ponemos a jugar con demagogia –barata o no– puede que decidamos echar cuentas acerca de qué podríamos hacer con ese dinero no recaudado. Pero serán, en todo caso, meras suposiciones, porque el capital está contemplado solamente en los papeles y del dicho al hecho media tan fuerte trecho que lo mismo te cansas. Lo que parece haberle sucedido a los recaudadores de este país. Porque si a un pobre diablo, como tú o como yo, pensionista o no, se le olvida hacer la declaración de la renta, bien que te conminan a que la lleves a cabo –y no con buenos modos, precisamente– so pena de que te embarguen hasta los calzoncillos sin usar. Los otros te los suelen dejar para que te limpies… las malas ideas.

Estoy en un sinvivir. Quiero –lo deseo profundamente– pasar por esa situación. Comprobar cómo se va acumulando el débito mientras dejo transcurrir el tiempo navegando en cualquier crucero por el Mediterráneo. O, ya puestos, por El Caribe. Que fuera de la época de los huracanes suele ser buen destino. Pues debe ser una gozada impresionante, donde los orgasmos se sucedan a ritmo vertiginoso. Como los que se comentan del cerdo, en canario, cochino. Nada menos que treinta minutos. Así quedará apochado el pobre animal.

Como hace unos días me pagaron doble, estoy pensando seriamente –a veces lo hago en broma, pero hoy no me apetece– entrar en la web de la entidad adscrita al Ministerio de Hacienda, retrotraer los trámites llevados a cabo meses pasados, quedarme –eso sí– con el dinero que me devolvieron, y dejar un mensaje escatológico a la mismísima ministra, que como buena andaluza deberá tomárselo a guasa. Eso espero.

Lo malo es que tendré que realizar tal jugada durante bastantes años hasta que me haga acreedor para figurar en la lista de los famosos. Difusión gratuita, quién me lo iba a decir. Entonces, llegado el supuesto caso, me dedicaría a promocionarme. Y mis artículos del blog serían leídos por cienes y cienes de preclaras mentes. Los recopilaría –así como décimas y otras boberías– para luego ser publicadas en una editorial de mucho prestigio. Y optaría  a Cervantes, Planetas y Nadales.

O me dedicaría a la política. Como lo hizo Rodrigo Rato. Uno de los (presuntos) implicados. O Mario Conde, para que me distinguieran con un Honoris Causa por la Universidad de Wyoming. Qué ilusión. Mañana mismo comienzo a no pagar el combustible en las gasolineras. Y pediré un préstamo de unos millones de euros en mi entidad bancaria, con la advertencia de que no pienso reintegrar un duro. Que es la manera de ganar su confianza y no encontrar cortapisa alguna. Claro, si vas con buenas intenciones y con la verdad por delante, no te dan ni los buenos días.

Así que, estimados amigos, a partir de ya me convertiré en un defraudador más. Es lo que viste y mola. Y de ninguna manera me debo quedar atrás. He de avanzar como el que más. Con educación, sin escachar a nadie, pero mangando todo lo que pueda. Haré todo lo posible para que mi nombre aparezca en la lista (que de la tonta ya estoy harto). Si no en la del próximo año, en la de los siguientes. Y por los siglos de los siglos. Amén.

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