Claro que si nos ponemos a jugar con demagogia –barata o no–
puede que decidamos echar cuentas acerca de qué podríamos hacer con ese dinero
no recaudado. Pero serán, en todo caso, meras suposiciones, porque el capital
está contemplado solamente en los papeles y del dicho al hecho media tan fuerte
trecho que lo mismo te cansas. Lo que parece haberle sucedido a los
recaudadores de este país. Porque si a un pobre diablo, como tú o como yo, pensionista
o no, se le olvida hacer la declaración de la renta, bien que te conminan a que
la lleves a cabo –y no con buenos modos, precisamente– so pena de que te
embarguen hasta los calzoncillos sin usar. Los otros te los suelen dejar para
que te limpies… las malas ideas.
Estoy en un sinvivir. Quiero –lo deseo profundamente– pasar
por esa situación. Comprobar cómo se va acumulando el débito mientras dejo transcurrir
el tiempo navegando en cualquier crucero por el Mediterráneo. O, ya puestos,
por El Caribe. Que fuera de la época de los huracanes suele ser buen destino. Pues
debe ser una gozada impresionante, donde los orgasmos se sucedan a ritmo
vertiginoso. Como los que se comentan del cerdo, en canario, cochino. Nada
menos que treinta minutos. Así quedará apochado el pobre animal.
Como hace unos días me pagaron doble, estoy pensando
seriamente –a veces lo hago en broma, pero hoy no me apetece– entrar en la web
de la entidad adscrita al Ministerio de Hacienda, retrotraer los trámites
llevados a cabo meses pasados, quedarme –eso sí– con el dinero que me
devolvieron, y dejar un mensaje escatológico a la mismísima ministra, que como
buena andaluza deberá tomárselo a guasa. Eso espero.
Lo malo es que tendré que realizar tal jugada durante
bastantes años hasta que me haga acreedor para figurar en la lista de los
famosos. Difusión gratuita, quién me lo iba a decir. Entonces, llegado el
supuesto caso, me dedicaría a promocionarme. Y mis artículos del blog serían
leídos por cienes y cienes de preclaras
mentes. Los recopilaría –así como décimas y otras boberías– para luego ser
publicadas en una editorial de mucho prestigio. Y optaría a Cervantes, Planetas y Nadales.
O me dedicaría a la política. Como lo hizo Rodrigo Rato. Uno
de los (presuntos) implicados. O Mario Conde, para que me distinguieran con un
Honoris Causa por la Universidad de Wyoming. Qué ilusión. Mañana mismo comienzo
a no pagar el combustible en las gasolineras. Y pediré un préstamo de unos
millones de euros en mi entidad bancaria, con la advertencia de que no pienso
reintegrar un duro. Que es la manera de ganar su confianza y no encontrar
cortapisa alguna. Claro, si vas con buenas intenciones y con la verdad por
delante, no te dan ni los buenos días.
Así que, estimados amigos, a partir de ya me convertiré en
un defraudador más. Es lo que viste y mola. Y de ninguna manera me debo quedar
atrás. He de avanzar como el que más. Con educación, sin escachar a nadie, pero
mangando todo lo que pueda. Haré todo lo posible para que mi nombre aparezca en
la lista (que de la tonta ya estoy harto). Si no en la del próximo año, en la
de los siguientes. Y por los siglos de los siglos. Amén.

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