Destacó, por supuesto, el llevado a cabo por la Televisión
Canaria. Donde no solo los habituales corresponsales en las islas de los diferentes
noticiarios desarrollaron aquella labor por la que les pagan, sino que el
amplio elenco de reporteros del programa Una hora menos, del amigo Victorio, se
sumó al jolgorio acuático. Chapotean como niños.
Bien me parece, faltaría más, que se nos trasladen los
acontecimientos que merecen ser calificados como noticiables, pero sobra el
espectáculo. Al que somos tan dados por mor de captación de audiencias. Para
que me enseñes el charco formado en la carretera, gavia o natero, para que me
muestres un barranco con bastantes pipas de agua perdidas en la mar océana ─o esa amplia casuística que tú
vislumbraste, como yo─ no es
menester recurrir a las botas de regar la platanera para que observemos cómo ese agua casi te llegaba a las
rodillas. Informar, sí; mas deja la distracción para el circo o para programas
de entretenimiento y variedades.
La negrita anterior, así como el titular, aposta (adrede).
Porque no hay manera de que se cumplan las reglas. Tendré que preguntar al
amigo Humberto –vendrá el próximo 14 de octubre al Casino de la Dehesa– si en
el manual de estilo que pergeñó para la televisión autonómica se contempla este
asunto o no se hizo porque se daba por sobrentendido que era una cuestión ya
machacada en los estudios previos de periodismo.
Acudo a los doctos consejos de la FundéuRAE y del buscador
urgente de dudas extraigo:
Ante nombres femeninos se usan los demostrativos esta, esa y aquella, incluso si
comienzan por a tónica: esta agua, esa águila, aquella hacha o esta área.
Según explica
el Diccionario panhispánico de dudas, los artículos la y una adoptan normalmente, por razones de sonoridad, las
formas el y un cuando van inmediatamente delante
de un sustantivo que comienza por a tónica, pero eso no afecta a la debida concordancia con otras palabras de la oración, entre ellas los demostrativos esta, esa y aquella.
Eso de las
razones de sonoridad se llamaba, cuando yo estaba en el Colegio San Agustín o
quizás en la escuela de La Longuera, cacofonía
(disonancia que resulta de la inarmónica combinación de los elementos acústicos
de la palabra). Pasado el tiempo, cuando me tocó explicarlo en las aulas, le
decía a los alumnos que lo tradujeran por “que suena mal, que suena a caca”. Y
no fallaban. Al menos no tanto como estos periodistas de alcachofa en mano.
En resumen, que
se dedicaron a profundizar en la teoría de la comunicación de Marshall McLuhan
y olvidaron las reglas elementales de ortografía. Y así tuve que tragarme
litros y litros de este agua que
generosamente regó nuestros campos (de una manera serenita, afortunadamente).
Cuando escucho
tales deslices cada vez que caen cuatro gotas, los recuerdos me conducen, inexorablemente,
al Steaua de Bucarest (Rumanía), equipo de fútbol –ignoro la situación actual–
que llegó a ganar la Copa de Europa en 1987, cuando en Sevilla venció en la
tanda de penaltis al Barcelona, tras el empate a cero en el tiempo
reglamentario. Qué sabia es la Wikipedia.
Así que,
estimados amigos, concluyo y levanto este
acta. Aunque me he quedado con mucho
hambre, no creo que se me quite bebiéndome todo
el agua que se recogió en los pluviómetros. Menos mal que la aula, la arma, la ala, la hacha… suena muy feo y solemos no errar. Pero lo de los
demostrativos es para herrar(los).
Y la última. Que me pasa por tragarme los telediarios. Así me indigesto. Escuché: El agua escorrentió barranco abajo. Pues menos mal. Te imaginas que hubiese escorrentiado barranco arriba. Menuda tragedia con el (supuesto) verbo escorrentiar.

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