Los cargos públicos (y más aquellos que llevan una
trayectoria bastante dilatada ocupando sillones en diferentes instituciones)
deberían estudiar bien sus intervenciones para que no acaben siendo prisioneros
de sus palabras. Y como se aproximan convocatorias electorales, la ansiedad por
echar el resto conduce a situaciones de difícil retorno. Que Cuca Gamarra –otro
ejemplo– eluda la pregunta de si conocía el acuerdo para la renovación del
CGPJ, es otro botón de que se cuecen muchas habas, o se guisan judías a manos
llenas (en lenguaje más autóctono).
Escribí hace unos días que echaba en falta algunos
asuntillos. Lo hacía en clave local, si acaso insular o autonómica. Pero es que
a escala nacional, a peor la mejoría.
Cuando a mediados del mes de diciembre de 1984, el entonces
alcalde realejero, el amigo y compañero Santiago Luis García, presentó su
dimisión, estuve casi un mes cavilando acerca de si sería capaz de asumir la
tremenda responsabilidad de poder sustituirlo. Porque entendía –continúo con
idéntico pensamiento– que uno debe ser capaz de reconocer sus limitaciones ante
empresas de semejante calado. Sin embargo, diera la impresión de que el paso
del tiempo ha transformado al género humano. Y de qué manera. De tal suerte –o
desgracia, vaya usted a saber– la osadía campa a sus anchas y observas (un día
sí y el otro también) cómo demasiado atrevido escala peldaños en eso de la cosa
pública, pero que si hurgas apenas un fisco en comportamientos y acciones,
compruebas que prima la vacuidad, cuando no la supina ignorancia y la temeridad
más suicida. Ni pensar quiero que existiera la posibilidad de mirar debajo de
su cuero cabelludo, porque lo mismo habría que exprimir mucho para que soltara
un mínimo de sustancia gris.
Siendo lo anterior mucho más que patético, viene a resultar
que el atrevimiento es tal que, instalados en ese olimpo, creen a pie juntillas
que son seres superiores. Y que el resto de mortales, un amplísimo elenco en el
que la subnormalidad constituye su ADN. El de ellos, su permanente optimismo.
Que conste, y a una larga trayectoria escribidora (coloquial
o irónicamente: malo de solemnidad) me remito, que no suelo generalizar –mucho
menos banalizar– cuando hago referencia a los políticos. Porque no todos son
iguales. Es más, la mayoría cumplen con una misión de servicio público
impagable. Lo que ocurre es que los que dan el cante, lo hacen con tanto
despropósito que se nota casi como la farola fundida de mi calle. Que ahí
persiste, por cierto, después de casi un mes haciendo que la cuenta de
beneficios de la empresa, que debería gestionar el servicio público del
alumbrado, siga incrementándose.
Vuelvo al principio. Cuando Ana Oramas sube a la tribuna y
se autoproclama representante del pueblo canario y habla de calufa y bajada de
pantalones –pobre Ángel Víctor, mejor que se quede en bermudas– en vez de
sentirme orgulloso, me dan ganas de apagar la tele. Arróguese usted la
representatividad de Coalición Canaria –legítima a todas luces– pero no me meta
en ese saco. Mi canariedad va mucho más allá de esos exabruptos fuera de lugar.
Respingos y destemplanzas conceden flaco a favor a las nobles gentes de esta
tierra. Y como lleva ya cierto tiempo instalada en esos procederes, pienso que
se aproxima la hora del relevo. Esas andanadas no la hacen más grande, al
contrario, la empequeñecen, al tiempo que deja en muy mal lugar a quienes
depositaron su confianza en una formación que se menta como nacionalista
moderada. Tenga cuidado porque las subidas de tensión suelen acarrear nefastas
consecuencias. Somos ya unos cuantos los que la vemos desquiciada. Descanse y
tómese unas largas vacaciones. O viva de las rentas, si así lo prefiere. Es
más, estoy convencido de que hasta el amigo Francisco Linares coincide con mis
planteamientos. Lo dicho: modérese.
Y con respecto a la gratuidad del transporte público, no
vendan titulares y vayan a la letra menuda. Porque resulta que con la
subvención del 50%, los canarios salimos ganando con respecto a peninsulares y
baleares. Las cuentas hay que hacerlas globalmente. ¡Ah!, comunidades autónomas
no volcánicas también colaboraron con las ayudas a La Palma. Sí, solidaridad,
reciprocidad…

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