miércoles, 7 de septiembre de 2022

Modérese

Doña Ana Oramas ha dicho en el Congreso de los Diputados que no hay trenes en Canarias. En su habitual tono elevado y con cara de pocos amigos –algún raro maleficio debe tener la tribuna de oradores que la ponen mucho más que nerviosa, cuando no iracunda– lanzó la diatriba y me dejó con la tremenda duda de si se trataba de un reproche a los gobiernos actuales de no haber sido capaces de poner en funcionamiento este medio de transporte en las islas o que entonaba el mea culpa público por las décadas en que Coalición Canaria rigió los destinos de esta Comunidad sin hablar del particular. Algo que bien debería conocer porque se subió al carro de la política cuando aún no alcanzaba la segunda decena de existencia, por lo que lleva transportada más de cuarenta años bien servidos. Y mejor remunerados.

Los cargos públicos (y más aquellos que llevan una trayectoria bastante dilatada ocupando sillones en diferentes instituciones) deberían estudiar bien sus intervenciones para que no acaben siendo prisioneros de sus palabras. Y como se aproximan convocatorias electorales, la ansiedad por echar el resto conduce a situaciones de difícil retorno. Que Cuca Gamarra –otro ejemplo– eluda la pregunta de si conocía el acuerdo para la renovación del CGPJ, es otro botón de que se cuecen muchas habas, o se guisan judías a manos llenas (en lenguaje más autóctono).

Escribí hace unos días que echaba en falta algunos asuntillos. Lo hacía en clave local, si acaso insular o autonómica. Pero es que a escala nacional, a peor la mejoría.

Cuando a mediados del mes de diciembre de 1984, el entonces alcalde realejero, el amigo y compañero Santiago Luis García, presentó su dimisión, estuve casi un mes cavilando acerca de si sería capaz de asumir la tremenda responsabilidad de poder sustituirlo. Porque entendía –continúo con idéntico pensamiento– que uno debe ser capaz de reconocer sus limitaciones ante empresas de semejante calado. Sin embargo, diera la impresión de que el paso del tiempo ha transformado al género humano. Y de qué manera. De tal suerte –o desgracia, vaya usted a saber– la osadía campa a sus anchas y observas (un día sí y el otro también) cómo demasiado atrevido escala peldaños en eso de la cosa pública, pero que si hurgas apenas un fisco en comportamientos y acciones, compruebas que prima la vacuidad, cuando no la supina ignorancia y la temeridad más suicida. Ni pensar quiero que existiera la posibilidad de mirar debajo de su cuero cabelludo, porque lo mismo habría que exprimir mucho para que soltara un mínimo de sustancia gris.

Siendo lo anterior mucho más que patético, viene a resultar que el atrevimiento es tal que, instalados en ese olimpo, creen a pie juntillas que son seres superiores. Y que el resto de mortales, un amplísimo elenco en el que la subnormalidad constituye su ADN. El de ellos, su permanente optimismo.

Que conste, y a una larga trayectoria escribidora (coloquial o irónicamente: malo de solemnidad) me remito, que no suelo generalizar –mucho menos banalizar– cuando hago referencia a los políticos. Porque no todos son iguales. Es más, la mayoría cumplen con una misión de servicio público impagable. Lo que ocurre es que los que dan el cante, lo hacen con tanto despropósito que se nota casi como la farola fundida de mi calle. Que ahí persiste, por cierto, después de casi un mes haciendo que la cuenta de beneficios de la empresa, que debería gestionar el servicio público del alumbrado, siga incrementándose.

Vuelvo al principio. Cuando Ana Oramas sube a la tribuna y se autoproclama representante del pueblo canario y habla de calufa y bajada de pantalones –pobre Ángel Víctor, mejor que se quede en bermudas– en vez de sentirme orgulloso, me dan ganas de apagar la tele. Arróguese usted la representatividad de Coalición Canaria –legítima a todas luces– pero no me meta en ese saco. Mi canariedad va mucho más allá de esos exabruptos fuera de lugar. Respingos y destemplanzas conceden flaco a favor a las nobles gentes de esta tierra. Y como lleva ya cierto tiempo instalada en esos procederes, pienso que se aproxima la hora del relevo. Esas andanadas no la hacen más grande, al contrario, la empequeñecen, al tiempo que deja en muy mal lugar a quienes depositaron su confianza en una formación que se menta como nacionalista moderada. Tenga cuidado porque las subidas de tensión suelen acarrear nefastas consecuencias. Somos ya unos cuantos los que la vemos desquiciada. Descanse y tómese unas largas vacaciones. O viva de las rentas, si así lo prefiere. Es más, estoy convencido de que hasta el amigo Francisco Linares coincide con mis planteamientos. Lo dicho: modérese.

Y con respecto a la gratuidad del transporte público, no vendan titulares y vayan a la letra menuda. Porque resulta que con la subvención del 50%, los canarios salimos ganando con respecto a peninsulares y baleares. Las cuentas hay que hacerlas globalmente. ¡Ah!, comunidades autónomas no volcánicas también colaboraron con las ayudas a La Palma. Sí, solidaridad, reciprocidad…

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