Viene lo anterior a cuento de que o el periodista no acude a
las fuentes y bebe en todas ellas o la inmediatez de las redes sociales juega
muy malas pasadas. Son tantos los casos en que se llevan a cabo juicios
paralelos a los que la Justicia –órgano competente para tal menester–
desarrolla en su ámbito de acción, que son demasiados los momentos en que las disculpas
deberían hacer acto de presencia. Pero no, se lanza la piedra y se esconde la
mano. Se tira barro a la pared y luego si te he visto ni me acuerdo.
Que se lo digan a Blas Acosta, viceconsejero de Economía del
Gobierno de Canarias, que fue acusado, en su etapa de concejal de Pájara y
administrador de la empresa pública Gesturpa, de los delitos de administración
desleal e insolvencia punible, y al que el Juzgado de lo Penal (número 2) de Puerto
del Rosario acaba de absolver. Aunque la deriva del fiscal ya se vio reflejada
en todo el proceso pues fue rebajando las penas hasta poco menos que admitir
que en el caso no había nada, como así ha quedado dictaminado.
¿Serán capaces ahora los acusadores y medios de comunicación
en general de poner la marcha atrás y reconocer la metedura de pata? ¿Serán
capaces de limpiar cuanta suciedad se esparció? Te contesto con un rotundo no. En
lenguaje coloquial: al carajo, Diego, y a otra cosa, mariposa. Por ello no me
queda más remedio que coincidir con el planteamiento de Ángel Víctor con
respecto a la solicitud de una comisión de investigación en el denominado Caso
Mascarillas; dejen trabajar a la justicia. Si el asunto ya se encuentra en tal
instancia, ¿qué van a hacer los señores diputados? ¿Reunirse una buena tonga de
sesiones para cobrar dietas, hacer el paripé y ponerse delante cámaras y micros
a seguir soltando sandeces? De nuevo el sentido coloquial: váyanse al carajo. Los
cuatro hilitos de Rajoy cuando el desastre del Prestige, aparte de los percances
medioambientales, siguen provocando catástrofes neuronales de complicada
calificación.
Y vamos a terminar con algo más distendido. Dice el Dr. Javier
Romero Olero, llamado por algunos el sabio de la urología (un servidor con
Sánchez Clavero va que chuta), que “conviene palparse los testículos como las
mujeres las mamas”. Y como los hombres siempre somos más reacios a comentar con
terceros o poner en práctica los consejos médicos recomendados, propongo que
ambas acciones –las contempladas en el entrecomillado– se lleven a cabo
conjuntamente. De tal suerte, él y ella no pondrán mayores pegas –en principio,
salvo algún que otro efecto colateral– a la hora de realizar de manera
recíproca la acción de palpar. Tú a mí y yo a ti, por si no me expliqué bien
antes.
A perdonar hoy la poquedad, pero es que tuve que hacer. O
tuve que salir, que era la disculpa que nos daban los alumnos al día siguiente
de faltar a clase. No, yo soy aún más viejo. De cuando había que decirle el
lunes por la mañana al maestro a la hora de pasar lista: servidor, fui a misa.
Y era preferible arriesgarte a contarle una mentira, antes que decirle directamente
que no habías cumplido con el obligado precepto dominical. Sí, señor, la letra
con sangre entra. Que nos hemos vuelto unos melindrosos y olvidados lo sacrosantos
principios en los que se sustenta nuestra patria. Que somos unos melifluos.
Vale (por hoy).

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