viernes, 2 de diciembre de 2022

Hasta luego, Pedro

Pensaba hoy escribir de las colas de Timanfaya. Porque hablando con el amigo Cándido –algo te adelanté días atrás– me contó la idea de un proyecto, que sigue escondido en cualquier gaveta, en el que se iban a realizar dos grandes zonas de aparcamiento, una en Tinajo y otra en Yaiza, para que los visitantes al Parque Nacional dejaran sus coches mientras eran trasladados en guaguas-lanzadera, evitando colas y más deterioros medioambientales.

Asimismo, leí anteayer en el Boletín Oficial que determinado ayuntamiento había iniciado un “procedimiento de funcionarización”. Y la palabra, que me he permitido poner en cursiva, me dejó patinando. Debe tratarse de un experimento de laboratorio en el que se introduce en una probeta un individuo (cualquiera se atreve a poner individua) y tras unas buenas reacciones químicas sale ya el producto elaborado. Si es con catalizador, más solvente.

Pero una triste noticia me hizo cambiar de opinión. Un exalumno de aquel excelente grupo que me atreví a  denominar como la “quinta del 74” (ese fue su año de nacimiento) se nos ha ido. Y uno, que estuvo cuatro décadas lidiando en ese complejo mundo de la docencia, poco dado a exteriorizar sentimientos, acusa el golpe. Porque 48 parece un número muy alejado de lo que se entiende por normal en estos trances. Y aunque Pedro no fue uno de los más cercanos en los años siguientes a los de su vida escolar, no por ello dejo de pensar, en el momento de la partida, aquellos agradables ratos en los que era aún la Agrupación Escolar Mixta Longuera-Toscal, con aulas disgregadas por un barrio que crecía a pasos agigantados. Pero en el que fuimos felices e inventamos muchísimas actividades extraescolares que en la actualidad se siguen destacando por novedosas. Incluso dan premios a los docentes en una especie de concurso (como los de la tele)  con mucho juego de las redes sociales. Echo de menos la moviola.

Y es que son muchas las casuísticas en torno a esta tropa con la que compartí varios cursos. Fue el primero que me tocó cuando llegué a La Longuera (venía de San Antonio, en La Orotava) cuando corría 1980. Y cinco años después, el 31 de enero de 1985, debí abandonarlos porque otras obligaciones reclamaron mi presencia. Durante ese amplio intervalo, mil recuerdos que ellos mismos sintetizaron en esa carta de despedida que aún conservo como oro en paño.

Cuando me llegó la reseña del afligido desenlace, con el recuerdo de unos tiempos, vividos a tope, machacando el tejido neuronal, no me resistí y acudí a la carpeta donde guardo mis pequeños –pero, a la vez, tan grandes– tesoros. No solo la misiva, anteriormente aludida, redactada el día anterior de mi arribada al ayuntamiento para ocuparme –y preocuparme– de la alcaldía, sino de otros trabajos, de los que me he tomado la santa paciencia de escanear alguno para que valgan de soporte a estas pobres palabras que en la presente ocasión se niegan a fluir como en otras ocasiones. Quehaceres, como el dedicado al núcleo poblacional de la zona costera de Los Realejos, conservados con los utensilios del entonces. ¿Se acuerdan de los fásteners? Que la RAE define como un broche, generalmente metálico, de forma alargada, provisto de dos lengüetas en las que se introducen papeles perforados para sujetarlos unidos. Pues eso, así están aún en la susodicha carpeta.

Pedro Cámara expresaba en aquel entonces:

Querido D. Jesús. En estos años que he estado con usted me lo he pasado muy bien. Aunque no he estado, como la mayoría de los chicos de clase desde primero, conmigo ha sido muy bueno. Me gustaría que se quedara dándonos clase hasta el final de este curso de 5º. También me gustaría que me diera en 6º, 7º y 8º, aunque no es posible.

No me gustaría que se fuera. D. Jesús, quiero felicitarle y espero que lo pase bien siendo Alcalde. Aunque a veces se cabrea, dura poco con el enfado, o si está enfadado, cuenta dándonos clase algún chiste y se le pasa.

D. Jesús ha sido muy divertido y con él hemos ido a muchos sitios. Me gustaría ir un día de camping para el monte y quedarnos algunos días allí. Pero con D. Jesús lo hemos pasado muy bien corriendo el cacharro con todos los chicos, viniendo vestidos de carnaval a la escuela y caminando por las calles vestidos de disfraces, echando las cometas y muchas cosas más.

Aunque no hemos hecho gimnasia, no nos ha importado mucho, aunque en un tiempo estuvimos haciendo y lo pasábamos muy bien, jugamos a fútbol y a brilé.

En el viaje de fin de curso espero que lo pasemos lo mejor posible. Hemos ido a La Corona y a muchos sitios más.

Esta carta no es una despedida, sino un hasta luego.


Y lo firmaba con esa rúbrica que ustedes pueden visionar en ilustración del vídeo (ve pausándolo, a pantalla completa, porque merece la pena), en la que figura aquel colectivo del que aún hoy presumo –a perdonar la petulancia– de haber logrado que su caligrafía alcanzara una calificación excelente. Vamos, que se entendía todito. Como la del maestro, sostendrá más de uno. Mi respuesta: ¿Y?

El viaje de fin de curso, al que alude Pedro, tuvo lugar al finalizar ese curso en junio de 1985. Y nos fuimos –sí, yo también– tres días a La Gomera con el dinero que estuvimos reuniendo desde años atrás proyectando películas en La Puntilla. En las prefabricadas que nos llegaron, parece ser, de África.

Creo que procede un encuentro para rememorar andanzas. Así que si estás leyendo estos párrafos y echando una visual a las ilustraciones y eres uno de los presuntos implicados, ponte manos a la obra.

Y a ti, Pedro, como hoy hemos intercambiado los papeles, tampoco puedo decirte adiós, sino hasta luego. Exactamente igual a lo que tu expresaste en 1985. Y si nos reunimos –espero que sí– allí tendrás tu silla. Porque tú solo estás de camping o haciendo la gimnasia que echaste en falta.

Nota:

En la foto (La Corona, 5 de marzo de 1982) no se encuentra Pedro. Estábamos en 2º y él debió llegar al barrio en 3º o 4º, no lo recuerdo bien.

1 comentario:

  1. ¡Que bonito,maestro! hay que hacer ese reencuentro pronto, antes de que alguien más se nos vaya.

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