lunes, 25 de abril de 2022

Pepillo y Juanillo

El pasado jueves, día 21, me fui de garbeo por esos sures. Concretamente ─y previa invitación de María Cuberos, excelente alumna en el IES Mencey Bencomo y ahora docente en el colegio que se reseña─ al CEIP Parque la Reina. No escribo el artículo en mayúscula, pues si le uno que se halla ubicado en la calle Infanta Cristina (allá por Cho, en Arona), solo me restaría recuperar mi Desde La Corona para que me tachen de monárquico perdido. Y en este mes de abril, si te digo verdad, no me apetece entrar en disquisiciones tales.

Fueron conmigo las dos criaturas del título. Y rememoraron aquel viaje a Santa Cruz –a ver los barcos– que tanto encantara a los chicos. Sí, uno de los capítulos de la obra en cuestión. Quizás el de mayor calado sentimental. Porque un servidor también vivió carencias, aunque las disimuló con enormes raciones de naturaleza en estado puro. Incluyan, please, el potasio de los plátanos.

Fueron tres sesiones, con otros tantos grupos de Sexto de Primaria, que me hicieron recordar abundantes pasajes de épocas docentes no tan pretéritas. Pues cuando uno transita por el decimotercer curso académico de la feliz etapa jubilatoria, este retorno a las aulas entrañaba ligeros tintes de recelo. Que fueron disipados a las primeras de cambio. ¿Dónde hubo? Seguramente. Y es que uno seguirá ejerciendo de maestro hasta en sueños. Que sí, cada tres por dos me despierto con la angustia del inminente comienzo de las clases y sin haber preparado nada. Es más, ni la más remota idea del lugar en el que dejé el maletín con el material escolar y con la ignorancia más completa del camino que debo seguir para llegar al centro. Fíjate tú qué angustias. Menos mal que se me pasa enseguida.

La sensación, sin embargo, fue extraña. No sujeto ahora a restricciones horarias y anclado a la inveterada costumbre de no llegar tarde a cita alguna (por favor, despeja dudas y quita esas en que pensaste de tu mente; no lo de retorcida es fruto de tu imaginación) salí bastante temprano de casa. Por lo que tras atravesar esa frontera Norte-Sur que nos marca la Cumbre de Erjos, me planté en la populosa zona aronera justo a la hora en que la ingente tropa (madres, padres, alumnado, coches, guaguas y otros artilugios varios) se congregaba en la entrada del recinto escolar. Y se nota que lo de línea 3, que María me había indicado, constituye un considerable volumen. Y de la mera observación, más que patente el multiculturalismo existente en el lugar.

Después de trece años en el dique seco (lo hará el próximo mes de junio), no creas que entré en el colegio como lo hacía tiempo atrás. Cierto cosquilleo llevaba el viejito en el estómago. Y a las primeras de cambio, la garganta requería algunas dosis de chutes (traduzco, buches –o tragos, si te empeñas– de agua) para despejar incipientes trabaduras de unas desentrenadas cuerdas vocales. Pero allí tropecé con tres estupendos tutores y unos maravillosos colectivos de chavales, que, con un bien elaborado guion, me llenaron de satisfacción con baterías de preguntas a servir de modelo a encumbrados tertulianos del espectro radiotelevisivo. O a quienes sintiéndose profesionales de los medios de comunicación, sienten tales arrestos de protagonismo barato que ‘se entrevistan’, se convierten en protagonistas, cuando en tan agradecido género periodístico deben ser meros conductores. ¡Ay, los engreimientos!

Los héroes de esta aventura sureña, obviamente, Pepillo y Juanillo. O el retrato de una sociedad rural cinco, seis o siete décadas atrás. No más. Un destello apenas en el devenir histórico. Pero que viene a poner de manifiesto el cambio radical, la impresionante transformación acaecida, en un pispás, en la colectividad humana.

Tuve a bien contarles a los escolares –que cambiarán de residencia ya en el próximo curso trasladándose al IES– las enormes dificultades que aún existen para publicar en estas islas. Donde abundan las editoriales, pero que si no cuentas con el apoyo económico de instituciones públicas (más dadas a lucimientos propios que a promocionar proyectos externos) o entidades privadas, quedan cercenadas ilusiones y esperanzas. Porque siguen existiendo hijos y entenados. Y medran aquellos que presumen de padrinazgos. Viva la mediocridad.

Espero haber sido capaz de cumplir al menos con el 50% de las expectativas que en torno a mi humilde colaboración en esta Semana Cultural del Libro hayan podido preverse. Confieso abiertamente que me lo pasé bien. Y como nadie me silbó ni me tiró tomates, deduzco que algo transmití.

Por lo percibido en el tiempo de las charlas, por lo intercambiado –escaso, pero jugoso– con los docentes y por la exigua intuición que a uno pueda quedarle en esta faceta, el CEIP Parque la Reina es un buen centro. A continuar en esa trayectoria. Allí lo manifesté y aquí lo reitero: de obtener un importante premio en la Primitiva ¿dónde hay que firmar? sacaré de la gaveta del ordenador mucho material acumulado y me dedicaré a publicar por mi cuenta. Uno de los primeros destinos para regalar esos libros sería el citado colegio. Anótenlo y téngame presente en sus oraciones. Amén.

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