Imperdonable el olvido sufrido en la entrada del pasado lunes. Viene a resultar que tras la comentada visita al CEIP Parque La Reina, se me ocurrieron –me suele pasar cuando estoy dando algún pateo– unas décimas que pienso sumar a la colección que llevará por título Una purriada de espinelas y que debidamente guardadas están en otra de las gavetas del disco duro de mi ordenador. Nunca se sabe, ¿no? ¿Y quién me dice a mí que una vez Manolo haya dejado el cargo de alcalde, no se la pasará por la cabeza al nuevo –Adolfo, que lo dijo él, no yo– reunir en el ayuntamiento a todos los realejeros aficionados a juntar letras y les da una sorpresa? Como somos habitantes de un pueblo que vive del cuento, pues eso, érase.
Por supuesto que hay editoriales en la isla. A porrillo.
Pero quieren la papa suave. O vas con la financiación cubierta o muérete de
asco. Es decir, tú te esfuerzas, escribes, pergeñas un proyecto decente, te
rompes los cascos tocando de puerta en puerta en busca de perras, te dan con
ella (puerta) en las narices las más de las veces, y cuando, por fin, logras
tener cubiertos los gastos de edición… ¿para qué demonios te hace falta la
editorial? Vas a cualquier imprenta (por ejemplo, Tipografía García, en La
Perdoma) y lo editas tú. ¿O no?
En fin, vamos con las espinelas antes de que acabe el mes:
En un colegio sureño / estuve de charla un día; / tuvo la
culpa María, / pues de ella fue el empeño. / Que no se trata de un sueño, /
sino de un acto sencillo, / donde Pepillo y Juanillo / se erigieron en actores,
/ porque a unos buenos lectores / les picaba el gusanillo.
Y después de trece años / que un aula yo no pisaba, / de
propina me tocaba / tres sesiones, sin apaños./ Mas no tuve desengaños, / al
contrario, complacencia, / pues conté con la anuencia / de alumnos y
profesores, / por lo tanto, ni sudores, / ni la mínima dolencia.
Hacia el Norte regresé / sonriente, satisfecho, / fue jornada
de provecho / la que en el Sur disfruté. / Por el camino pensé / si a estos
chicos del pasado, / quizás hubiese gustado / hacer el viaje conmigo, / pues ya
en el libro yo digo / lo poco que han
disfrutado.
Eran tiempos de escasez, / que suplían con ingenio, / y no
fue en otro milenio, / sino hace poco, pardiez. / Quien vivió aquella niñez / el
sacrificio valora / y se extraña cuando ahora / hay quejas sin fundamento, /
tienen un mucho de cuento, / amén de excusa evasora.
Yo no añoro ese pasado / de estrechez y restricciones, / mas
digo que, en ocasiones, / este presente crispado, / cuando no también mimado, /
no justiprecia el tesón / y aprovecha la ocasión / para medrar con el cuento, /
siendo el esfuerzo un invento / que no cabe en la razón.
Comodidad ante todo, / que me lo den calentito, / arriba
sacamos pecho / con protesta a voz en grito. / Y si lo antes descrito / se
aleja de lo real, / debe ser que yo estoy mal / chocheando ya de viejo / o tú
muy fuerte pendejo / en un mundo virtual.
Y ya lo dejo por hoy / no sea que se subleve / el pueblo y
la queja eleve, / así que callado estoy. / Señores, que ya me voy / con la
música a otra parte, / que ahora se impone el arte / de no dar gongo, tolete;
/ coge, pues, el verso y vete / a vivir
arriba en Marte.
Sean felices
y nos vemos en mayo. Y si me retraso por un casual, lo mismo es debido a las
muchas fiestas de mi pueblo. Porque a uno lo queman desde muy diversos frentes.
Avisado quedas.
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