Siempre me han molestado las generalizaciones. Y el que nos
encasillen a los realejeros (guion as, para los del lenguaje inclusivo:
¿jerigonza o galimatías?) en determinados tópicos mayeros, me repatea en grado superlativo. Lo mismo los años me
vuelven incordio. Que podría ser posible.
Aquellos fieles seguidores –por creencias, convicciones más
o menos confesables, novelerías o cualquier otra circunstancia adherida– de
procesiones, romerías, fuegos artificiales, bailes de magos y demás eventos,
deberían ser conscientes de que, quizás, no a todos les mole (guste, resulte
agradable o estupendo) lo que para ellos constituye –a tenor de lo que escucho–
una necesidad vital. Incluso con golpes de pecho.
Puede que a más de uno de los nacidos en esta Villa de Viera
–bien sea por razones de edad o porque le dé la realísima gana– le apetezca
otro tipo de distracciones. Y no considere que deba entrar por el aro en
sujetarse a lo que esa mayoría aparente parece arrogarse. ¿Por qué borregos
todos?
Un servidor siente mayo cuando contempla cómo brota la flor
de mundo, cómo los frutales inician su ciclo reproductivo, cómo los campos se
tiñen con alfombras multicolores y nos deleitan con mosaicos de increíble
belleza.
Respeto a quienes prefieren que esas flores adornen cruces.
Pero me encanta percibirlas en plena naturaleza. Cuestión de ópticas. Y es ahí,
en la diversidad, donde encuentro la verdadera razón de mi existencia. Debe ser
por eso que tanto me satisface el coger el aire en el Paseo de la playa de Las
Canteras. Un crisol de culturas de valor incalculable.
Pues sí, arranqué de nuevo la caña y me largué a la isla de los
cuatro secarrales. Y como lo hago huyendo de inveteradas costumbres con marcado
acento pseudoreligioso, tampoco me fui pa´l Pino a comer carajacas y a beber vino. No, lo mío
es más de andar por casa. Por ello, y no es poco, hago la excepción de rigor
para adjuntar una foto, sin mayor valor ni calidad, pero que da fe –de la buena–
del cómo siento mayo. Con qué poco me conformo.
En mi pueblo estamos en fiestas. Me alegro. Síntoma es de
que se recupera la normalidad. No solo es ya necesaria la mascarilla, sino que
ni siquiera tenemos la obligación de rogar a San Isidro –o a quien proceda– que
nos proteja de la Covid. Lo mismo descubrimos que un pinchito supera, y con
creces, a la mismísima vacuna.
Con respecto a Los realejeros cantan a su pueblo, ya que
vislumbro el que unos pocos se erigen en fundadores, protagonistas, impulsores
y otros epítetos de mayor o menor calado, cuestión sería de que varios mocosos
(atrevido, malmandado, etc.) que ni estaban en proyecto allá por 1987,
indagaran del cómo, cuándo y por qué nació ese proyecto. Lo mismo se percatan
de que hacer de la necesidad una virtud puede resultar más rentable que tirar
de billetera. Cultura de la papa suave. Ley del mínimo esfuerzo.
Yo sí que acabo con un ruego. Encarecidamente requiero
información de cuándo el desaparecido va a coger vergüenza y deja ya el cargo
que desde hace años dejó al albur de… Y terminé.
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