Con la antelación suficiente les propongo una solución.
Hagan lo que los ocupantes de ciertos vehículos. Como el que se estacionó este
día 21, próximo pasado, justo delante de mi casa. Y se encargaron los jóvenes
(y jóvenas) de esparcir porquería por calzada y acera. Que no son patrimonio,
ya lo sé, de los que habitamos allí, pero que nos preguntamos qué complacencia
puede provocar actos de tal guisa. Salvo que nos satisfaga sobremanera que nos
etiqueten con el vocablo que da título al presente. O alguno de los sinónimos
que nuestro rico lenguaje nos brinda: cochino, cerdo, merdellón, sucio,
mugriento, puerco, marrano, asqueroso, inmundo, astroso. ¿Quieres más o ya
tienes bastante? ¡Ah!, que los ponga en femenino. Vale.
Llego a la conclusión de que no pueden tratarse de personas
normales (¿gamberros?); o que ya vienen con el insano propósito de provocar lo
más posible. Porque si por un casual se te ocurriera indicarles que el baile se
sitúa en otro lugar, lo mismo te emparejan. ¿No podrían salir de casa comidos y
regados (por dentro, que por fuera con el sudor se disimula)? ¿Tiene algún
mérito dejar todo hecho un vómito? Lo mismo sí, y yo con estos pelos. Demandar
respeto (porte, modales, en suma, educación), cuánta temeridad.
A los que me tocaron en suerte (7?8?-K?B), mostrarles mi total admiración
por tan buen civismo. Si son de mi pueblo ─paisanos─
proponerlos para que el ayuntamiento los nombre realejeros… de mierda. Sepan,
no obstante, que me avergüenzo de ustedes. Imagínense por un momento que cada
uno de los asistentes al baile hubiese dejado, como recuerdo del feliz retorno
a la normalidad, una bolsa de plástico y una botella de lo que sea.
Simplemente. Que multiplicado por unos cuantos miles…
Nos encanta batir récords: de asistentes, de basura
acumulada, de decibelios alcanzados… Inundamos las redes sociales con las fotos
de rigor. Si ello debe ser justificado con dieciocho toneladas de basura,
también vale. Aunque por mi zona –ya lo comenté días pasados– vive un concejal,
con cargo de relevancia en el organigrama gubernamental municipal, no tuvimos
la suerte de que la barredora hiciese acto de presencia al día siguiente. Me
dijeron que el hombre está más pendiente de otros asuntos familiares, amén de
los derivados de ese sinvivir al que los tiene sometidos el ausente, y no puede
entretenerse en estas menudencias que comento. Saben que me quejo siempre de
vicio.
En fin, estimados guarros (y apreciadas guarras): a seguir
en la brega. Solo eché en falta un par de meadas, pero me alegré de que se
preocupen de los trajes (no sea que se les vayan a chingar). Me encantó el
montón de colillas que pude reunir. Como solo tardan unos diez años en
degradarse, fumen más la próxima vez. Hasta Benito Pérez Galdós –quizás no
sepan de quién se trata– debió bailar de contento. Como se menciona en una
placa sustentada con un poste metálico al principio de la calle, hagan como los
perros: levanten aquello y saquen lo otro… No les presupongo instrucción para
mucho más. ¿Que los comparo con un vulgar chucho? ¿Y qué culpa tiene el pobre
animal? ¡Ah!, me han enviado un mensaje señalando que faltan yuntas para las
carretas. Lo mismo pagan bien y no piden carné de manipulador de nada. Con la
ventaja de que no les va a hacer falta reclamar permiso para ir al baño, lo
hacen en la calle y punto. ¿Y para qué me molesto en decirles esto si ustedes
ya están acostumbrados?
Ños, te pasaste. ¿Yo? Si lo escribí con todo mi
reconocimiento al concejal de fiestas, que debe vivir lejos de la movida.

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