viernes, 20 de mayo de 2022

Me pasa cada cosa

El pasado miércoles (día 18) aparqué el coche al lado del Parque La Magnolia y me eché a caminar en dirección este, hacia La Montaña. Al llegar a la altura de la estación de servicios de San Benito, frente al inicio del Callejón de los Cuartos (inciso: cuándo le meterán mano al ensanche y canalización de pluviales; más de treinta años llevamos esperando), subí por la calle Anaga (la de la ITV, para entendernos, que hay que hacerlo casi siempre por la calzada, a expensas de que te trinque un coche, porque las aceras siempre están ocupadas; como la policía, claro) y me dediqué a recorrer en ambos sentidos (por cinco ocasiones, que son unos tres mil pasos) la calle Las Cesteras. Ahí te dejo esa captura de Google Maps, para que te sitúes.

Pues bien, a la altura del estanque abandonado, que ahí contemplas, me tropecé con tres operarios, bien pertrechados de chalecos reflectantes y algunos utensilios (incluyan una podona) para quitar las hierbas de los solares que invaden las aceras. Durante los cinco recorridos aludidos –vaya suerte la mía, pues son diez si cuento p´allá y p´acá– no avanzaron ni un cuarto de metro. Pero los móviles echaban chispas.

Como uno puede patear y darle al coco simultáneamente (para que luego digan que los hombres no somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo), me preguntaba:

¿Se percatarán los obreros de que están cobrando del erario público y despilfarrando generosas cuantías de los impuestos ciudadanos? ¿Se darán cuenta nuestras autoridades (gobernantes, políticos y demás fauna) de que esas parcelas del Polígono Industrial La Gañanía deberían estar debidamente valladas? ¿Se va a repercutir este gasto en los propietarios de las mismas? Oh, fíjate tú que tuve que ponerme bien el sombrero pues se me estaba ladeando…

Pero es que al final de la calle, en el solar situado al costado norte de la Casa del Emprendedor (la de las vacunas, única función de fundamento en su larga existencia), y lindando ya con la Avenida La Gañanía (la que sube a Mercadona: hoy no te me vas a perder), otros dos señores apilaban adoquines con una velocidad de vértigo. Te aclaro que el mareo era el que me daba a mí cada vez que me tocaba dar la vuelta. ¿Será posible?

Estado del bienestar, por supuesto. Derechos, todos. Explotación laboral, jamás. Pero, carajo, pon algo de tu parte y no racanees tanto. Yo no sé qué virus ataca a casi todos los del chaleco verde-amarillo-pistacho. Ni cortados por la misma tijera. Y como en casi todos los ayuntamientos se hallan liberados los concejales que conforman los respectivos equipos de gobierno, hay algo que no me cuadra, mucho debe estar fallando. ¿O es que el voto lo justifica todo?

Me cansé yo (jubilado y con 73 años, qué incongruencia) de ver aquella movida –qué digo, osado de mí, más bien parada– y me fui para La Montaña. Di una cuantas vueltas en sus calles y regresé. Me picaba la curiosidad. Cuando estaba por los alrededores de Ferretería Realejos, me dije: ¿subo o sigo por la carretera general? Y subí, tú.

¿Te acuerdas de Jaime Marrero? Eso mismo: más nunca. Los de los adoquines ya no estaban. Puede que estuvieran de ‘ajuste’ (los más viejos del lugar sabemos lo que significa) y ya habría venido el camioncito del ayuntamiento a buscarlos. Pero los otros, los de las hierbas, bien repotiados. Ya, la hora del bocadillo. Las herramientas, al medio de la acera, unos cincuenta metros más adelante. El montoncito de restos vegetales acumulado era de tal magnitud que casi me lo meto en el bolsillo del chándal para ahorrarles el sacrificio de agacharse.

¿Vergüenza ajena? No, lo siguiente. Y seguimos en fiestas. ¿O de fiestas? No les deseo que sean felices, porque me imagino que ya lo son. Un servidor está flipando. Hasta más ver. 

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