Pues bien, a la altura del estanque abandonado, que ahí
contemplas, me tropecé con tres operarios, bien pertrechados de chalecos reflectantes
y algunos utensilios (incluyan una podona) para quitar las hierbas de los
solares que invaden las aceras. Durante los cinco recorridos aludidos –vaya
suerte la mía, pues son diez si cuento p´allá y p´acá– no avanzaron ni un
cuarto de metro. Pero los móviles echaban chispas.
Como uno puede patear y darle al coco simultáneamente (para
que luego digan que los hombres no somos capaces de hacer dos cosas al mismo
tiempo), me preguntaba:
¿Se percatarán los obreros de que están cobrando del erario
público y despilfarrando generosas cuantías de los impuestos ciudadanos? ¿Se
darán cuenta nuestras autoridades (gobernantes, políticos y demás fauna) de que
esas parcelas del Polígono Industrial La Gañanía deberían estar debidamente
valladas? ¿Se va a repercutir este gasto en los propietarios de las mismas? Oh,
fíjate tú que tuve que ponerme bien el sombrero pues se me estaba ladeando…
Pero es que al final de la calle, en el solar situado al
costado norte de la Casa del Emprendedor (la de las vacunas, única función de
fundamento en su larga existencia), y lindando ya con la Avenida La Gañanía (la
que sube a Mercadona: hoy no te me vas a perder), otros dos señores apilaban
adoquines con una velocidad de vértigo. Te aclaro que el mareo era el que me
daba a mí cada vez que me tocaba dar la vuelta. ¿Será posible?
Estado del bienestar, por supuesto. Derechos, todos.
Explotación laboral, jamás. Pero, carajo, pon algo de tu parte y no racanees
tanto. Yo no sé qué virus ataca a casi todos los del chaleco
verde-amarillo-pistacho. Ni cortados por la misma tijera. Y como en casi todos
los ayuntamientos se hallan liberados los concejales que conforman los
respectivos equipos de gobierno, hay algo que no me cuadra, mucho debe estar
fallando. ¿O es que el voto lo justifica todo?
Me cansé yo (jubilado y con 73 años, qué incongruencia) de
ver aquella movida –qué digo, osado de mí, más bien parada– y me fui para La
Montaña. Di una cuantas vueltas en sus calles y regresé. Me picaba la curiosidad.
Cuando estaba por los alrededores de Ferretería Realejos, me dije: ¿subo o sigo
por la carretera general? Y subí, tú.
¿Te acuerdas de Jaime Marrero? Eso mismo: más nunca. Los de los adoquines ya no
estaban. Puede que estuvieran de ‘ajuste’ (los más viejos del lugar sabemos lo
que significa) y ya habría venido el camioncito del ayuntamiento a buscarlos.
Pero los otros, los de las hierbas, bien repotiados.
Ya, la hora del bocadillo. Las herramientas, al medio de la acera, unos
cincuenta metros más adelante. El montoncito de restos vegetales acumulado era
de tal magnitud que casi me lo meto en el bolsillo del chándal para ahorrarles
el sacrificio de agacharse.
¿Vergüenza ajena? No, lo siguiente. Y seguimos en fiestas. ¿O de fiestas? No les deseo que sean felices, porque me imagino que ya lo son. Un servidor está flipando. Hasta más ver.

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