Tras el éxito irrefutable del Partido Popular en Andalucía
(de 26 a 58 es incremento que no admite discusión alguna), entendía yo que el
resto de formaciones políticas debían, de manera inequívoca, llevar a cabo
profundos exámenes de conciencia. Y como el PSOE (Felipe Sicilia) cargó los
gravámenes en la abstención habida y en el escaso tiempo que tuvo Espadas para
consolidar su proyecto, no me queda más remedio que hacer las consabidas
matizaciones. Llana y simplemente porque la perspectiva del tiempo –las
ventajas de varias décadas a las espaldas– me sitúa en escenarios bien
dispares. Y no es que me preocupen los vaivenes, que siempre los habrá, sino
los descensos, o caídas en picado; sin que parezca que ello conlleve
responsabilidad alguna y mucho menos asunción de posibles culpabilidades.
Si se tiene la certeza absoluta de que es la dejadez del
andaluz, que prefiere irse a la playa antes que acudir al colegio electoral, la
que provoca las derrotas en las urnas (sumen a esta última las de Madrid y las
de Castilla y León) habrá qué estudiar concienzudamente el porqué de tal
casuística. Porque algo, o mucho, habrá hecho (o dejado de hacer) el PSOE para
que su hipotético votante le dé ahora la espalda. Cuando tan seguro se está de
que la causa es esa y no otra, no basta con declaraciones del aquí no ha pasado
nada, es una mera cuestión coyuntural que el paso del tiempo se encargará de
corregir.
La implicación de Sánchez en esta última campaña no ha
servido para nada. Puede que, incluso, haya restado. De nada han valido las
loas acerca de lo bien que se ha comportado el gobierno nacional y de las
inyecciones económicas en las arcas de las comunidades autónomas. Fue cantinela
esgrimida, asimismo, en Castilla y León y a los resultados obtenidos me remito.
Si el ciudadano no acude a las urnas no solo será debido a
una aparente comodidad y dejadez. Que los habrá, indudablemente. Pero aquel que
manifiesta abiertamente que no le convence nadie o que todos son iguales, ese
desafecto de la política –de los políticos, más bien– que vive hastiado por
espectáculos nada gratificantes, se ha convertido en un renegado cuando, con
toda probabilidad, antes no lo era. ¿Por qué?
En mi pueblo sabemos un poco de esas oscilaciones. Basta un
somero repaso a los escrutinios habidos desde 1979. Muchos de ellos son la
consecuencia de los deméritos ajenos antes que de las valías propias. Pero todo
se engloba en el fenómeno de causa-efecto. Y mientras continuemos soslayando la
raíz del problema y perdiéndonos en la hojarasca de la disculpa peregrina, la
anomalía abstencionista parece no tener freno. Que la mitad del electorado pase
olímpicamente no parece consolidar el sistema democrático. Diera la impresión
de que la militancia socialista no cumple con las expectativas. Esa brecha
social, ese alejamiento de la cosa pública no deja en buen lugar el compromiso
adquirido. Porque si todo se reduce a medrar en busca de lo que pueda caer,
flaco servicio a la causa del fundador.
Y en vez de un acto de contrición, el aludido Sicilia,
cuando asegura que trabajarán en la defensa de los derechos y libertades de los
andaluces, solo pone la guinda al pastel del despropósito: tú, abstencionista,
eres el único culpable de que de aquí en adelante el PP te pisotee y maltrate.
Debe ser por eso que creció como la espuma. O que nos encanta que nos escachen.
O miramos bien dentro para reordenar la casa o de nada
valdrán lamentos. Estos efectos perversos no son debidos, entiendo a causas
externas. Y se llevan años empeñados en ver basuras ajenas si darnos cuenta de
que tenemos el patio lleno de mugres. La ejemplaridad brilla por su ausencia.
¿Duro? A lo peor porque te duele, pero ¿pensarías lo mismo si lo escribiera de
la derecha? Sí, son artículos de opinión, mas, incluso así, objetividad ante
todo, que amor no quita conocimiento. Y lo de las extrapolaciones: consuelo de tontos.
Lo dicho: entretenidos en el follaje (desmovilización del
voto de izquierda: ¿y se debe a que Jesús escribe muy mal?), hemos perdido el
corazón y el rumbo; aun así, están conmigo siempre horizontes y manos de
esperanza. Grande Pedro (García Cabrera).

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