miércoles, 15 de junio de 2022

Bodas de Oro

Ya había adelantado que este pasado sábado nos íbamos a dar cita en Los Garrafones. Así fue. Una nutrida representación del Magisterio, tras un paréntesis de dos años (maldita pandemia), retomaba la inveterada costumbre de verse cada mes de junio para las conversas de rigor y el ineludible condumio.

Hay un victoriero de pro que está en todo. Y para todo. Lo mismo organiza el tenderete, que agarra el timple o que tiene la cámara dispuesta para inmortalizar las fotos de rigor. Y no conforme con el ímprobo trabajo de los previos, abre el turno de intervenciones a los postres. Manolo, pues, para un roto y para un descosido.

Por si fuera poco, recorrió nuestro hombre todas las bodegas del entorno y consiguió un surtido elenco de botellas de buenos vinos. Te juro que en el sorteo, realizado a las tantas de la tarde, no me tocó ni el reintegro. Pero salimos muy satisfechos del encuentro. Tanto que ya estamos pensando no esperar otro año, sino que en noviembre lo mismo repetimos.

A las sentidas palabras de Carricondo, con pasajes de cuando el Padre Anchieta fue testigo de tiempos de autostop y de fríos que calaban, siguieron las boberías de un servidor, quien ─a petición suya, precisamente─ enjaretó las décimas que al final te reproduzco. Después, la compañera Pino Mederos (María Rosa), palmera de pro, nos contó, con añoranzas volcánicas, que aquí seguimos. Y qué mejor que fuera ella, pues no falla a una cita, a pesar de que la mayoría de reuniones las hagamos en Tenerife. Como el conejero Cándido, que me da debe estar tramando algo para un futuro no lejano. Concluyó el apartado de disertaciones alguien que solo lleva cincuenta años en los terreros de la docencia, bregando con las palabras e indicando a los habitantes de estos peñascos que el canario no es un español de segunda. Humberto Hernández, actual presidente de la Academia Canaria de la Lengua, nos retrotrajo a nuestro Plan de 1967 (con dudas más que razonables acerca de si lo hemos mejorado con tanto invento posterior), a la ley de Villar Palasí y nos contó, además, ciertos pasajes –locuras de juventud– a salto de mata entre aulas de la Escuela Normal y aventuras veraniegas de enormes cargas de ilusión junto a telarañas en los bolsillos.

No dejé pasar la ocasión para convencer a Humberto y a Rafa Yanes, Diputado del Común, para que en el próximo mes de octubre se dieran un salto a La Dehesa portuense y colaboraran con sus palabras en la celebración del centenario de la Sociedad Valle de Taoro. Solo me resta llamar al ausente Fernando Estévez para que, asimismo, ponga el aderezo de unas perras de música con Los Huaracheros. Y vamos con las espinelas:

Carricondo me ha encargado, / estimados compañeros, / que introduzca a los voceros / de mucho mayor calado. / Yo no sé si habrá acertado, / mas aquí me encuentro inmerso / –aunque confuso y disperso– / siguiendo sus instrucciones, / pues me dijo: Tú te pones, / y verás que sale en verso.

A la espinela echo mano / sin que a cantarla me atreva, / la tarea no conlleva / el desgate del fulano. / Tampoco el seso devano / para expresar con orgullo, / que aún perdura el embullo / de una enorme promoción, / que cumplió con su función / sin armar mucho barullo.

Amigos, aquí seguimos, / tras medio siglo danzando; / a los virus esquivando, / aunque agobiados nos vimos. / Las mermas que padecimos, / van quedando relegadas / y se vislumbran jornadas / de más claros horizontes; / así que vendrán remontes / con hazañas renombradas.

No es cuestión de acobardarse, / ni de excusas ir buscando, / porque estamos progresando / y a punto de graduarse. / Es conveniente asomarse / al futuro con tesón, / para tener la ocasión / de vivir el centenario, / aunque fuese necesario / el apoyo de un bastón.

No nos falte el optimismo, / tiempo habrá para la queja, / que la edad lleve pareja / mil dosis de vitalismo. / Que no cunda el nerviosismo / por una arruga de más, / pues doctorándote estás / en el Grado de Experiencia, / lo que a la postre evidencia / mucha entereza, quizás.

No obstante, adecuado entiendo, / en este grato momento, / elevar mi voz al viento / para a todos ir diciendo: / También está sonriendo, / desde un lejano lugar, / aquel que debió bajar / de la guagua lagunera, / al que ahora, en nueva esfera, / debemos también honrar.

El recuerdo emocionado / para aquellos que partieron, / pero que aquí todo dieron / con bagaje bien holgado. / Con nosotros, su legado, / el que hoy, especialmente, / sigue fresco en nuestra mente, / y aunque sintamos ausencias, / permanecen las querencias / en el momento presente.

La octava décima arranco / con ímpetu renovado, / se va cumpliendo el mandado / y en un rato me apalanco. / Mas si debo serte franco, / el proceso va fluyendo, / porque en el fondo voy viendo / que ha imperado el buen rollito / en este nuestro equipito / del que me encuentro escribiendo.

Comamos y disfrutemos / cultivando la amistad, / que es seña de identidad / adonde quiera que estemos. / Si acompasamos los remos, / más fácil la singladura, / pues navegar con holgura / en las mareas vitales, / nos mantendrá bien joviales, / con garbo, con donosura.

Perdonad la poquedad, / pues el grupo no merece / este vate que adolece / de excesiva cortedad. / Es normal que ya a mi edad, / este viejito canario / no se gane ni el salario / con rimas de poca monta; / empero ya el verso afronta / del sesenta aniversario.

Y como una exalumna me dijo al entrar esa tarde en Los Garrafones que nos veía muy bien (observando a tanto viejito reunido), preparados y listos para la siguiente. Sean felices, compañeros.

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