Me alegro de que a partir de ahora el BOP vaya a descansar
una temporada. Y al ausente definitivo, mis deseos más fervientes de que
comience su nueva andadura con idénticos mimbres a los del gallego, es decir,
metiendo la pata en asuntos de índole económica de manera tan evidente que
pareciera que el cargo le viene demasiado ancho. Y de preámbulo, vale por hoy.
El carnaval de verano –bien criticaron el portuense– ya
tiene reina. Y yo sigo sin entender nada. Porque no sé qué se premia en estos
concursos. Si a una joven alegre, cantarina y simpática o a una carreta que
debe ser arrastrada por el escenario no sin grandes esfuerzos, tras muchas
horas de gimnasio y con el auxilio de varias ruedas que faciliten la tarea.
Establezco la oportuna asociación de ideas y me voy a
cualquier evento de arrastre de ganado. Y me acuerdo de la corsa y de los
sacos. Y del guayero (o boyero). Al igual que se clasifican las vacas en tres
categorías (3ª, 2ª y 1ª, porque arrastran, respectivamente, 6, 7 u 8 sacos), se
debería en nuestro caso hacer algo parecido, en función de los kilos del
armatoste.
Escribíamos hace unos días de los más de mil doscientos
euros que nos iban a salir los nuevos sillones del Parlamento. Y ahora resulta
que me entero de que una de las carretas, perdón, trajes, superaba, asimismo,
los mil doscientos kilos. Tanta presión ejercía esa masa ingente, que el pobre
piso del escenario no aguantó y se desfondó. Claro, cuando la rueda se metió en
el bache, poco faltó para ponerle un motor al susodicho y tracción 4x4. ¿Te
imaginas los esfuerzos de la pobre chica para salir del atolladero?
O ponen un límite a estos excesos o el invento puede acabar muy
mal. Ya propuse años atrás que colocaran esos artefactos como si estuviesen en
una exposición y cada candidata al lado. Que se tomen los miembros del jurado
todo el tiempo necesario para las inspecciones adecuadas. Y que emitan un
veredicto sin necesidad de someter a las aspirantes a semejante sacrificio. No
hay derecho. Eso es maltrato. Animal, sí, pues mucha racionalidad no le veo yo
a este acto carnavalero.
Y menos mal que el ingenio de marras fue aligerado entre 100
y 150 kilos. Vamos, sometido a un régimen intensivo de adelgazamiento. Que si
no, ni un toro de primera.
Como el ayuntamiento de mi pueblo realizó al día siguiente
un despliegue informativo sin
precedentes por el éxito de candidatas y diseñadores de nuestra villa,
qué puedo añadir yo: bastante que me alegro.
Uno debe adaptarse a los tiempos. Pero en este particular
nos estamos quedando desfasados. No me llamen traje a estas carrozas
engalanadas. Máxime cuando las candidatas salen al escenario bastantes
ligeritas de ropa. Ya que de fantasías hablamos, rómpanse los cascos pensando.
Y ya que tanto se lucha por la igualdad, ¿favorecen estos concursos? Ahí lo
dejo. Eso, disparen al mensajero. Pero una tonelada y cuarto se me antoja mucho
peso. Miré la ficha técnica de mi fotingo y me indica unos dos mil kilos. Y me
pregunté si sería capaz de arrastrarlo. Ni en bajada, tú.
Del desarrollo de la gala y de los presentadores: no
entiendo. ¿Y de lo que escribiste?: tampoco. Conclusión: progreso
adecuadamente.

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