viernes, 3 de junio de 2022

Chiquita falta de ignorancia

Creo que es a Cantinflas, el gran actor cómico mexicano, a quien se le atribuye la frase que da título a este comentario de hoy. Y viene ello a cuento de los atrevimientos de mucho enterado, mejor, mucha enterada, que se lanza a expresar opiniones en las redes sociales sin tener la más pajolera idea de lo que plasma. Las nuevas tecnologías han posibilitado grandes avances, pero, al mismo tiempo, ponen de manifiesto la enorme estulticia de las que, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, actúan bajo unas  premisas que rayan el ridículo más espantoso. Bien harían algunas en hacérselo mirar de vez en cuando. Por higiene y salud mental, fundamentalmente.

El que haya dejado (bueno, oficialmente será el próximo día 8) Manolo la alcaldía en lacrimógena comparecencia, ha desatado tal sarta de estupideces, que móviles y demás artilugios echaron chispas en las horas posteriores. Cuánto atrevimiento. Qué cantidad de gansadas. Paso por alto las faltas de ortografía. ¿No podrían contar siquiera hasta cinco algunas osadas reporteras antes de poner a trabajar a sus dedos pulgares? Sí, esos que han facilitado cursar másteres a distancia sin el más mínimo esfuerzo académico. Como más de un político popular, verbigracia.

Se celebraron las primeras elecciones municipales de este periodo democrático el 3 de abril de 1979. Han trascurrido 43 años. Muchas de las opinadoras no habían nacido. O eran tan pequeñas que los dieciocho les quedaban aún algo lejos para acercarse a las puertas de su colegio electoral. En lógica consecuencia nada saben de la historia de las corporaciones habidas en el Consistorio realejero. Ni de qué alcaldes se hallaban al frente de las mismas. Mucho menos, claro está, de los logros y avances alcanzados en el transcurso de sus respectivos mandatos.

Cuando uno se lanza a esta extraordinaria aventura de expresar por escrito juicios de valor, es decir, opiniones, debe ser cauto y respetuoso. Porque te retratas a las primeras de cambio. Y puedes hacer el más espantoso de los ridículos al tirarte a la piscina sin comprobar si tiene agua. Ejercicio que, por desgracia, se practica con demasiada frecuencia.

El atisbar que una joven de veinte o treinta abriles proclame solemnemente, urbi et orbi, que Manolo ha sido el mejor alcalde del municipio, es, llana y simplemente, confundir al atún con la velocidad, y demuestra, bien a las claras, que la ceguera demanda atenciones oftalmológicas urgentes. Porque para lanzar tal aseveración –es clase que me apetece impartirte gratuitamente– se requiere mucho conocimiento de causa. ¿Sabes, acaso, intrépida periodista, qué acciones se acometieron en aquella primera etapa (1979-1983) de esta carrera que aún continúa, afortunadamente? Los mismo te sorprenderías. Porque para ese ejercicio es necesario, además, conocer el punto de partida, la situación en la que se hallaba este pueblo. Y me temo que sea como presentarte a un examen completamente en blanco.

Que la ignorancia es atrevida, cuestión sabida. Pero aun así, con dedicación y amplias dosis de modestia, todo se supera. Piensa un fisco, pues, antes de someterte al veredicto de los que también disfrutamos de los avances incontestables de Facebook, por ejemplo, pero que lo utilizamos procurando que el sentido común guíe nuestros pasos. Pues no son necesarios doctorados, pero sí, y mucho, que la neurona no te patine.

Por razones lógicas de edad, y después de haber acumulado varios miles de artículos y comentarios, un servidor cree hallarse en condiciones de echar abajo tanto baboseo. Porque no puedo calificar de otro modo estos halagos desmedidos hacia un político que no le llega ni a la suela del zapato de cualquiera de los alcaldes precedentes. Hecha la salvedad de uno; que le quepa a Domínguez ese honor de ser, al menos, el penúltimo. No es cuestión de ópticas, me baso en datos constatables.

No confundan esas cronistas –lo siento por ellas, pero a los hechos me remito– el postureo (actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción) con la gestión, el besuqueo con el trabajo, el rendibú (acatamiento, agasajo que se hace a alguien, por lo general con la intención de adularlo) con el servicio. En lo del bien quedar, en la prolífica venta de humo en frascos de perfume, me rindo ante la evidencia: Manolo ha sido el number one. Y con Master of Business Administration (University of Wyoming).

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