El que haya dejado (bueno, oficialmente será el próximo día
8) Manolo la alcaldía en lacrimógena comparecencia, ha desatado tal sarta de
estupideces, que móviles y demás artilugios echaron chispas en las horas
posteriores. Cuánto atrevimiento. Qué cantidad de gansadas. Paso por alto las
faltas de ortografía. ¿No podrían contar siquiera hasta cinco algunas osadas
reporteras antes de poner a trabajar a sus dedos pulgares? Sí, esos que han facilitado
cursar másteres a distancia sin el más mínimo esfuerzo académico. Como más de
un político popular, verbigracia.
Se celebraron las primeras elecciones municipales de este
periodo democrático el 3 de abril de 1979. Han trascurrido 43 años. Muchas de
las opinadoras no habían nacido. O eran tan pequeñas que los dieciocho les
quedaban aún algo lejos para acercarse a las puertas de su colegio electoral.
En lógica consecuencia nada saben de la historia de las corporaciones habidas
en el Consistorio realejero. Ni de qué alcaldes se hallaban al frente de las
mismas. Mucho menos, claro está, de los logros y avances alcanzados en el transcurso
de sus respectivos mandatos.
Cuando uno se lanza a esta extraordinaria aventura de
expresar por escrito juicios de valor, es decir, opiniones, debe ser cauto y
respetuoso. Porque te retratas a las primeras de cambio. Y puedes hacer el más
espantoso de los ridículos al tirarte a la piscina sin comprobar si tiene agua.
Ejercicio que, por desgracia, se practica con demasiada frecuencia.
El atisbar que una joven de veinte o treinta abriles
proclame solemnemente, urbi et orbi, que Manolo ha sido el mejor alcalde del
municipio, es, llana y simplemente, confundir al atún con la velocidad, y
demuestra, bien a las claras, que la ceguera demanda atenciones oftalmológicas
urgentes. Porque para lanzar tal aseveración –es clase que me apetece impartirte
gratuitamente– se requiere mucho conocimiento de causa. ¿Sabes, acaso, intrépida
periodista, qué acciones se acometieron en aquella primera etapa (1979-1983) de
esta carrera que aún continúa, afortunadamente? Los mismo te sorprenderías.
Porque para ese ejercicio es necesario, además, conocer el punto de partida, la
situación en la que se hallaba este pueblo. Y me temo que sea como presentarte
a un examen completamente en blanco.
Que la ignorancia es atrevida, cuestión sabida. Pero aun
así, con dedicación y amplias dosis de modestia, todo se supera. Piensa un
fisco, pues, antes de someterte al veredicto de los que también disfrutamos de los
avances incontestables de Facebook, por ejemplo, pero que lo utilizamos
procurando que el sentido común guíe nuestros pasos. Pues no son necesarios
doctorados, pero sí, y mucho, que la neurona no te patine.
Por razones lógicas de edad, y después de haber acumulado
varios miles de artículos y comentarios, un servidor cree hallarse en
condiciones de echar abajo tanto baboseo. Porque no puedo calificar de otro
modo estos halagos desmedidos hacia un político que no le llega ni a la suela
del zapato de cualquiera de los alcaldes precedentes. Hecha la salvedad de uno;
que le quepa a Domínguez ese honor de ser, al menos, el penúltimo. No es
cuestión de ópticas, me baso en datos constatables.
No confundan esas cronistas –lo siento por ellas, pero a los
hechos me remito– el postureo (actitud artificiosa e impostada que se adopta
por conveniencia o presunción) con la gestión, el besuqueo con el trabajo, el rendibú
(acatamiento, agasajo que se hace a alguien, por lo general con la intención de
adularlo) con el servicio. En lo del bien quedar, en la prolífica venta de humo
en frascos de perfume, me rindo ante la evidencia: Manolo ha sido el number one. Y con Master of Business Administration (University of Wyoming).

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