A pesar de mis ausencias y retiros, presumo de seguir
teniendo grandes amigos por esos Pagos de Higa. Incluidos los que recibieron
el “cachimbazo”. Ellos me entienden, y yo también. Por ello, y no es poco, me
apetece volver a margullir. O margullar. Así es que recuerdo el primer
encuentro de Margullando tierra adentro. Tuvo lugar el 4 de mayo de 2013 en la
Sala Teobaldo Power, en la Villa de la Orotava. Dijimos –escribimos– en aquel
entonces:
Este pasado sábado
tuvo lugar el citado encuentro en un ambiente cargado de emotividad, y en él
pudieron escucharse versiones –de aquí y de allá, de allá y de aquí– de los
aires más tradicionales de nuestro acervo cultural. En una sala con una
considerable asistencia de público, tuvimos la oportunidad de pasar ameno rato
y de platicar un fisco con muchos que nos honran con su aprecio y simpatía.
Margullando tierra
adentro nació como un proyecto a realizar en Puerto de la Cruz. Pero no pudo
ser. Y el colectivo que preside Benito quiso rescatarlo para esta ocasión.
Ojalá se perpetúe y podamos seguir siendo partícipes del acontecimiento…
Aquella idea original –de la que fuimos cómplices, pues uno
también formó parte de “la rondalla” durante varios años– sigue en pie. Y a
pesar de los lógicos avatares que todo colectivo sufre en su devenir histórico,
nos satisface que aún perdure y que ahora en la Sala Francisco Álvarez Abrante,
del barrio de La Perdoma (¿se le pegará algo a nuestro Cine Viera?), contando
con la presencia de grupos invitados (en aquella primera ocasión los conejeros
de la A.F. Guanapay, y ahora los vecinos de Maxorata), permanezcan en el
recuerdo, mezclados con los aires típicos de nuestra tierra, estas mal
hilvanadas líneas:
Margullar. Margullir.
Son canarismos procedentes, como otros muchos, del portugués. No olvidemos que
Canarias, encrucijada de caminos en medio de la mar océana, punto de encuentro
de tres continentes, ha sido receptora, y al tiempo difusora, de costumbres,
tradiciones, en suma, de cultura. Aquí,
en Puerto de la Cruz, lo entendemos como “nadar por debajo del agua”. Y cuando
éramos más jóvenes, competíamos para comprobar a quien le aguantaba más la caja
del pecho, como dijera el gran Pepe Monagas, ese personaje entrañable de las
obras del escritor grancanario Pancho Guerra.
La Agrupación
Folclórica de Higa procede de tierras de buenos vinos. En las que también se
margulla la viña. Porque ese extraño vocablo de margullar o margullir que ha
hecho posible el título de este espectáculo, también significa acodar, término
que sí recogen los diccionarios al uso en el sentido de meter debajo de tierra
el vástago o tallo doblado de una planta sin separarlo del tronco o tallo
principal, dejando fuera la extremidad o cogollo de aquel para que eche raíces
la parte enterrada y forme otra nueva planta.
Dos años después, en 2015, y con un grupo de lujo invitado (el granadino Coros y Danzas de Baza), teníamos la oportunidad de plasmar estas líneas:
Allá por mayo de 2013
utilicé este mismo titular para comentar el arranque de este acontecer (esta es
su tercera edición) con el que Higa pretende paliar en parte la pérdida de
aquel excelente festival internacional de folclore que bajo el paraguas de
Arautápala nos concitó en el mes de julio hasta que algo llamado crisis fue
tabla de salvación para que muchos ayuntamientos, también el villero, se
bajaran del carro y dieran al traste con un proyecto preñado de ilusión, ganas
y sacrificio.
Un servidor piensa que este Norte tinerfeño, y no solo La
Villa, se merece que ese desaparecido Festival Internacional de Folclore vuelva
a ser retomado. Y que don Francisco Linares, quien sigue siendo alcalde, se
erija en su valedor. Pero con una condición: siguiendo al pie de la letra el
espíritu recogido en la exposición de motivos del proyecto que Higa le presentó
en solitario. Era, y debe ser, un encuentro para grupos con cuerpo de baile. El
intento de contentar a los que posteriormente subieron a la guagua incumpliendo
los requisitos, solo sirvió para desvirtuarlo. Ni lo potenció ni lo
perfeccionó, más bien todo lo contrario. Y si alguien se siente aludido, que me
invite a un buen almuerzo –no me gusta la carne de cabra– para desfacer
entuertos, o aclarar dudas. Las vueltas de la vida, que se dice, me han
demostrado que años tengo bastantes, pero obsoleto… me da que no. Y como dice
Calero: que yo tengo mi tino.
(finalizamos mañana)
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