martes, 7 de junio de 2022

Continúan margullando (y 2)

Y acabamos este recorrido con la quinta edición (3 de junio de 2017), cuando de nuevo se celebró en la Sala Teobaldo Power. Y con tal motivo expresábamos:

Teloneros fueron Los Cebolleros de Gáldar, acompañados por un cuerpo de baile de otro grupo de la ciudad de Telde. No es la primera vez que me manifiesto en contra de estos arreglos o componendas y me temo que esta tampoco vaya a ser la última. En el festival de las islas de mi pueblo estamos también acostumbrados a estos enjuagues. Y lo digo con toda rotundidad: Eso es un insulto a los grupos, con cuerpo de baile, que se lo curran durante todo el año y que se ven discriminados con estos hechos. Si este tipo de espectáculos va dirigido a parrandas con unas características determinadas, no están abiertos a los que no cumplan con esos requisitos. No parece serio y riguroso observar cómo grupos compuestos solo por hombres acudan a estos festivales haciéndose acompañar por cuerpos de baile que se desgajan de sus formaciones originales. Vamos, que vienen de prestados. No, no y no. Cada uno en lo suyo.

Junto a lo expresado párrafos atrás con respecto al Festival Arautápala, ha sido una constante en mis escritos: los chanchullos no me gustan. Destaco, asimismo, que en esa edición se hizo entrega de la Cachimba de Plata a Isidro Pérez Brito, quien desde su atalaya de Radio Realejos ha llevado a cabo una labor encomiable en pro de la difusión de las tradiciones canarias. Con sentida emoción subió al escenario a recibir de manos del presidente, Benito Rodríguez, la placa que certifica el acuerdo adoptado. Y en sus palabras, con voz entrecortada por el recuerdo de su hermano Damián, la defensa de lo que ha venido haciendo en estos veintitantos largos años y la promesa de continuar en la brecha para que nuestro acervo no quede relegado a la memoria de los viejos. De ahí, asimismo, esa interesantísima fonoteca en la que personajes entrañables dejaron archivados sus pareceres. Una fuente de conocimiento inigualable, fruto de centenares de programas y que las nuevas tecnologías, junto a una labor de recopilación sin parangón, han hecho posible que muchos actores de lo cotidiano, y que yo me permito personalizar en la figura de Manolo, el marqués, permanezcan con todos nosotros.

Eso dijimos y eso mantenemos. A pesar de sesgadas interpretaciones, equívocos o mesturas (acción y efecto de mesturar: la mestura de gofio de millo y trigo es la que más se consume). Allá cada cual con su conciencia. Terminábamos esa crónica de esta guisa:

Siempre tiene uno la oportunidad de saludar a la gente con la que compartió alegrías y sinsabores durante una larga época. Y aunque vaya a cumplirse una década –cómo pasa el tiempo– de que colgué el instrumento –por qué te ríes–, es motivo de alegría estos encuentros. Porque el cariño permanece por arriba de cualquier otra circunstancia adversa. Mi apoyo incondicional a esa maravillosa labor que realizan y la sentida lástima de que la maldita crisis haya cercenado tantos proyectos y cerrado demasiadas puertas. Cuánta pena siento de aquel Arautápala. Y qué feliz sería de que se estudie la posibilidad de recuperar un gran espectáculo, con la inestimable colaboración de Teatruva, que llevaba por título Navidad viajera.

Ustedes pensarán, y con toda la razón del mundo, que me repito. Pero entiendo que uno debe hacerlo cuando cree luchar por causas justas. Aunque te den con la puerta en las narices. Soy consciente de que las verdades escuecen. Y lo que queda escrito, más aún. Pues ráscate, carajo, que no puedo aplaudir las injusticias con las orejas. Ni visitar la iglesia para darme golpes en el pecho. Hipocresías, las justas.

A Higa, mi eterno reconocimiento. A pesar de los tropiezos y las incomprensiones, adelante. A seguir margullando. Del libro de los 25 años furrunguiando:

Nacimos de tradición / en las noches perdomeras, / cantando con ilusión / para dar la buena nueva.

Y desde aquellas navidades de 1979 (aunque se toma como punto de arranque el 14 de febrero de 1980, primera actuación ante el público del barrio orotavense de Cañeño, hasta el día de hoy, aquel grupo de Lo Divino, bautizado inmediatamente como San Jerónimo, y rebautizado años después como Higa, continúa en la brega. Bastante que me alegro.

¡Ah!, también estuvo Teatruva, a cuyos componentes conozco desde ha la tira. Y son buenos, coño. Ya está, no vayamos ahora a ponernos “sementales”, que bastantes hebras pululan por ambos ojos.

Felicidades a todos. Y que las ediciones venideras no me cojan con más virus. Hasta más ver.

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