Más arriba, pasado el barrio aludido –Cruz del Camino–, y
subiendo para Las Abiertas, te vas a encontrar con la denominada Fuente de la
Vega, lugar al que acude diariamente una enorme cantidad de personas bien
provistas de botellas de plástico de cinco y ocho litros para surtirse de los
varios chorros existentes. No tengo ni la más remota idea (tampoco me he
preocupado en preguntar) de dónde procede el agua, pero haberla, hayla.
Me han dicho que en lo alto del Cerro Gordo, situado al
poniente de Las Abiertas, existe un socavón como para hacer allí algo parecido,
salvando las dimensiones, a la balsa de la Montaña de Taco, entre Los Silos y
Buenavista.
Viene todo lo anterior a cuento de mi singular cruzada para
que los espacios susceptibles de ser cultivados, lo sean merced a una red de
riego y que no queden al albur de los fenómenos meteorológicos. De lo
contrario, los peligros ante los incendios es cuestión más que evidente. Lo que
acontece cada tres por dos en Los Campeches de Icod el Alto es síntoma
inequívoco de los abandonos.
Es penoso contemplar todos esos campos balutos desde que
dejas la autovía hasta El Tanque para desviarte por El Amparo. Que si lo unes
al lamentable estado de la calzada, solo te dan unas ganas de dar la vuelta.
Porque tanto el tramo perteneciente al Cabildo como el que corresponde al
ayuntamiento de Icod, están de pena.
Por razones de índole familiar, subo a Las Abiertas con
frecuencia. No solo para oxigenarme, pasar frío en invierno y calor en el
verano –aquí sí que se notan los cambios– sino, además, para entretenerme en mi
nuevo oficio de jardinero. Con mis calas (foniles) y hortensias (flor de mundo)
voy servido. Y el huerto de frutales, que ellos solos se las entienden. Bueno,
y no me puedo olvidar del suegro del dueño del terreno que le mete mano a las
papas, bubangos, millo y demás. Pero, claro, se necesita agua. Deja ver si el
Cabildo nos regala unos captadores de niebla, que la altura se presta para
ello. O nos concede una subvención para canalizar la de la lluvia hasta un
depósito y tenerla debidamente almacenada para cuando lo plantado lo demande.
Si hay dinero para el transporte gratis, también deberá existir para estos
otros menesteres.
Mucho habría que trabajar en este sentido. Porque seguir de
brazos cruzados a la espera de que lleguen los barcos con productos foráneos, y
a expensas de las fluctuaciones de los mercados internacionales, me recuerda a
la política de Casimiro en La Gomera: arregla los muros en los terrenos abancalados
para que los turistas saquen la foto, pero la tierra que está detrás permanece
en el más profundo de los olvidos. Así que no me hablen de crisis.
Humildemente sugiero que no dejen ocupar cargos de relevancia
en organizaciones del sector, públicas o privadas, a quienes sean dueños de
grandes terrenos. Ellos no tienen problema alguno. Ordeñan bien la teta europea
y si la polilla guatemalteca hace su agosto o el mal de Panamá deja chunga la
platanera, no pasa nada: la pasta se recibe en la plantación, que no en la
cosecha.
Es necesario que tomen las riendas los medianos y pequeños
agricultores o ganaderos. Que saben de penurias y pérdidas. Esta isla requiere
una planificación seria y concienzuda. Que se arbitren mecanismos para que el
agua para el riego sea primordial. Y no entiendan estas líneas como una copia
de las encíclicas de Wladimiro al respecto. Pues él olvida que formó parte de
eso llamado la cosa pública durante muchos años en el Cabildo de Tenerife.
Mientras ello ocurría, el agua en Gordejuela, verbigracia, se siguió arrojando
al mar en los inviernos de abundante lluvia. ¿Acaso no se podía elevar y buscar
alternativas para su embalse? Ni soy técnico ni lo pretendo, pero se impone una
programación de largo alcance. El seguir transitando con las luces cortas, pan
para hoy y hambre para mañana.
Tengan un feliz fin de semana.
Posdata: Ya estaba programada la presente, y qué premoción el aludir a Los Campeches. Como viví directamente el de septiembre de 1983, sobran comentarios.

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