viernes, 22 de julio de 2022

Agua para los cultivos

Hace diez años –la imagen de Google Maps así lo atestigua– esas huertas que se hallan subiendo desde La Vega hacia la Cruz del Camino, en Icod de los Vinos, se encontraban en condiciones de ser cultivadas. Ahora, la totalidad –salvo alguna mínima expresión– de ese terreno se halla invadida de zarzas y helechos, sobre todo la parte de la derecha. No te pongo una foto de la actualidad, porque te invito a dar un paseo por aquellos parajes. Te aseguro que con el Teide de fondo, bien merece la pena.

Más arriba, pasado el barrio aludido –Cruz del Camino–, y subiendo para Las Abiertas, te vas a encontrar con la denominada Fuente de la Vega, lugar al que acude diariamente una enorme cantidad de personas bien provistas de botellas de plástico de cinco y ocho litros para surtirse de los varios chorros existentes. No tengo ni la más remota idea (tampoco me he preocupado en preguntar) de dónde procede el agua, pero haberla, hayla.

Me han dicho que en lo alto del Cerro Gordo, situado al poniente de Las Abiertas, existe un socavón como para hacer allí algo parecido, salvando las dimensiones, a la balsa de la Montaña de Taco, entre Los Silos y Buenavista.

Viene todo lo anterior a cuento de mi singular cruzada para que los espacios susceptibles de ser cultivados, lo sean merced a una red de riego y que no queden al albur de los fenómenos meteorológicos. De lo contrario, los peligros ante los incendios es cuestión más que evidente. Lo que acontece cada tres por dos en Los Campeches de Icod el Alto es síntoma inequívoco de los abandonos.

Es penoso contemplar todos esos campos balutos desde que dejas la autovía hasta El Tanque para desviarte por El Amparo. Que si lo unes al lamentable estado de la calzada, solo te dan unas ganas de dar la vuelta. Porque tanto el tramo perteneciente al Cabildo como el que corresponde al ayuntamiento de Icod, están de pena.

Por razones de índole familiar, subo a Las Abiertas con frecuencia. No solo para oxigenarme, pasar frío en invierno y calor en el verano –aquí sí que se notan los cambios– sino, además, para entretenerme en mi nuevo oficio de jardinero. Con mis calas (foniles) y hortensias (flor de mundo) voy servido. Y el huerto de frutales, que ellos solos se las entienden. Bueno, y no me puedo olvidar del suegro del dueño del terreno que le mete mano a las papas, bubangos, millo y demás. Pero, claro, se necesita agua. Deja ver si el Cabildo nos regala unos captadores de niebla, que la altura se presta para ello. O nos concede una subvención para canalizar la de la lluvia hasta un depósito y tenerla debidamente almacenada para cuando lo plantado lo demande. Si hay dinero para el transporte gratis, también deberá existir para estos otros menesteres.

Mucho habría que trabajar en este sentido. Porque seguir de brazos cruzados a la espera de que lleguen los barcos con productos foráneos, y a expensas de las fluctuaciones de los mercados internacionales, me recuerda a la política de Casimiro en La Gomera: arregla los muros en los terrenos abancalados para que los turistas saquen la foto, pero la tierra que está detrás permanece en el más profundo de los olvidos. Así que no me hablen de crisis.

Humildemente sugiero que no dejen ocupar cargos de relevancia en organizaciones del sector, públicas o privadas, a quienes sean dueños de grandes terrenos. Ellos no tienen problema alguno. Ordeñan bien la teta europea y si la polilla guatemalteca hace su agosto o el mal de Panamá deja chunga la platanera, no pasa nada: la pasta se recibe en la plantación, que no en la cosecha.

Es necesario que tomen las riendas los medianos y pequeños agricultores o ganaderos. Que saben de penurias y pérdidas. Esta isla requiere una planificación seria y concienzuda. Que se arbitren mecanismos para que el agua para el riego sea primordial. Y no entiendan estas líneas como una copia de las encíclicas de Wladimiro al respecto. Pues él olvida que formó parte de eso llamado la cosa pública durante muchos años en el Cabildo de Tenerife. Mientras ello ocurría, el agua en Gordejuela, verbigracia, se siguió arrojando al mar en los inviernos de abundante lluvia. ¿Acaso no se podía elevar y buscar alternativas para su embalse? Ni soy técnico ni lo pretendo, pero se impone una programación de largo alcance. El seguir transitando con las luces cortas, pan para hoy y hambre para mañana.

Tengan un feliz fin de semana. 

Posdata: Ya estaba programada la presente, y qué premoción el aludir a Los Campeches. Como viví directamente el de septiembre de 1983, sobran comentarios.

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