lunes, 25 de julio de 2022

Sin palabras

Como no estoy nada seguro de que vaya a escribir algo trascendente, he decidido mantener mutismo absoluto. Que la elocuencia de mi sigilo sea la señal de protesta ante tanto desaguisado verbal. Ya aparecerá el momento adecuado para que mis palabras se liberen del combate en que muero y en que vivo (perdón por la osadía de parodiarte Pedro García Cabrera). Pero abrir la boca (aparte de las moscas), o dar rienda suelta a tanto deseo contenido, para inmiscuirme en la refriega desatada en torno a otro lamentable y triste episodio –un nuevo incendio forestal– me produce, si no arcadas, unos retortijones de gran calado.

Desde el insulto sin recato a todo cargo público –preferentemente con responsabilidades de gobierno– con epítetos de grueso calibre (ineptos, borregos, ignorantes, cabrones…, solo transcribo los más suaves) hasta el ataque despiadado contra los técnicos medioambientales que se las ven y se las desean en su lucha contra los elementos de la naturaleza desatados. Desde peticiones absurdas –sin base alguna ni fundamento teórico o práctico que lo sustente– de hidroaviones para desplegarlos en una orografía tan complicada que sus descargas son de dudosa efectividad (no es este ignorante quien sostiene tal aseveración), hasta lecciones magistrales de cómo dejar los montes más lisitos que el culo de un niño y más limpios que los jardines de orquídeas del Sitio Litre.

Solución factible y barata: Que los portentos, que despliegan amplísimos conocimientos a través de las redes sociales, sean quienes tomen el mando y…”base de hidroaviones ya”, “multiplicar por diez, o más, el despliegue de medios”, “para qué tanta gente en el puesto de mando tomando güisqui y comiendo jamón”… Chist, chis o chitón.

Las causas no se encuentran en los montes. Que son los que sufren las consecuencias de la bomba incendiaria que se pertrecha en terrenos de cultivo abandonados a su suerte e invadidos por malezas de todo tipo. Zarzales y helechos campan a sus anchas. Pólvora, en suma. Dejen a la pinocha tranquila (yo pude ir a sacar con la guía municipal pertinente) porque la madre naturaleza es sabia y sabe cumplir su función en el ciclo vital…

Reitero, como no estoy nada seguro, mejor me callo. Antes dueño de mis silencios que prisionero de mis palabras. Que sigan hablando, o escribiendo, los primores feisbucianos. Cuánto talento desperdiciado. Y lo que comenzó como loable proyecto por parte de algunos medios de comunicación –plausible iniciativa– degenera en más de lo mismo: expertas y peritas damas que pontifican con una suficiencia digna de… dilo tú que a mí me da mucha vergüenza, o un presunto fotoperiodista que alardea de colarse en zona prohibida para jactarse de haberse duchado con el agua arrojada por un helicóptero.

Sin palabras. ¡Ah!, de los cargos públicos (incluso de los que gobiernan y hacen oposición al mismo tiempo)... otro día.

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