miércoles, 13 de julio de 2022

Miopía

Ya sabemos que el tiempo pasa rápido. Demasiado, a veces. Y como las elecciones están a la vuelta de la esquina –apenas diez meses para la cita local y autonómica– me apetece hacer una pequeña reflexión. Porque nos obsesionamos con achacar culpabilidades en los políticos y no reparamos en que son cargos públicos que nosotros, libremente, hemos colocado al frente de unas responsabilidades. Las cuales, de no ser fielmente ejecutadas, podrían ser revocadas en la siguiente convocatoria. ¿Lo hacemos? ¿Somos conscientes de que las cargas no siempre deben afectar a hombros ajenos? ¿Meditamos cuando cogemos la papeleta y nos encaminamos a depositarla en la urna o nos guiamos por los mismos instintos de la vez anterior y que cuestionamos pasado un periodo? ¿No deberíamos llorar menos y hacer profundos exámenes de conciencia? Lo mismo sería conveniente asumir, igualmente, los adeudos que, por regla general, desviamos hacia aquellos en los que delegamos.

Cuando escucho a determinados sujetos (si me diera por escribirlo en femenino, imagínate) aclarar –mejor, enturbiar– que las clases medias de este país disfrutan de rentas de 140.000 euros anuales (ni Marrón llega a tanto) y que, por consiguiente, son dignos acreedores de que puedan suscribir una beca pública, para que cursen sus estudios en un centro privado, me da cierto vértigo, amén de un ligero cosquilleo en la boca del estómago. Pero como esos perfiles se concentran en quienes obtienen significadas mayorías, no nos queda más remedio que negar la mayor (nego maiorem ergo nego consequentiam). Y pensar seriamente que la tan cacareada crisis económica es puro invento de eso mentado como opinión pública.

Alegamos que el político se vuelve miope cuando ocupa el sillón correspondiente. Que se sumerge en una realidad que no concuerda con la que el común de los mortales observa diariamente. No obstante, continuamos, erre que erre, confiando que nos sacará del atolladero, cuando lo normal es que el defecto de la vista se agrave. Y ni siquiera desconfiamos cuando vislumbramos que portan unas gafas, tipo culo de botella, que ponen de manifiesto, bien a las oscuras, que no a las claras, que el percance adquiere tintes alarmantes.

Si mi modesta recomendación sirviera para algo, aconsejaría que fuéramos nosotros los que giráramos visita al oftalmólogo de turno. Porque es la miopía de los electores la que debería preocuparnos sobremanera. La otra, la del de la poltrona, es cuasi congénita. Pero la nuestra sí que tiene cura. Y hasta podría ser que la mejoría del ciudadano mayor de edad, al que se le presupone el conveniente juicio, estimulara la visión de los de la enfermedad innata.

Me temo, no obstante, que la sociedad no está para recibir admoniciones. Se basta  en su engreimiento y no repara en mirar si la piedra que tiene delante es aquella con la que ha tropezado en numerosas ocasiones. Los callos del dedo gordo de ambos pies, que ya se alongan por fuera de la tela de la lona de esparto (calzado preferido de la clase media canaria), suplen, y con creces, las consecuencias de las colisiones.

Como he solicitado que no remitan propaganda electoral a mi domicilio, y funciona, no se me va a presentar la disyuntiva de qué elegir ante la avalancha de candidaturas. Así que me iré tranquilito al colegio que me han asignado y por el camino iré cavilando. Seguro que cuando llegue, y enseñe mi documento de identidad, ya habré dispuesto de los suficientes minutos para que ese momento decisivo de consolidación de la democracia, no se convierta en el clásico instante del bien quedar y ya cumplí. Y si no, como hice en anteriores ocasiones, voto por correo y mantengo las distancias con las cámaras que suelen acecharme cada cuatro años para inmortalizar mi presencia en…

Bromas aparte, recapacitemos y no malgastemos palabras en discusiones inútiles. Que no nos asedie la cortedad de alcances o de miras, es decir, la miopía.

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