Cuando escucho a determinados sujetos (si me diera por
escribirlo en femenino, imagínate) aclarar –mejor, enturbiar– que las clases
medias de este país disfrutan de rentas de 140.000 euros anuales (ni Marrón
llega a tanto) y que, por consiguiente, son dignos acreedores de que puedan
suscribir una beca pública, para que cursen sus estudios en un centro privado,
me da cierto vértigo, amén de un ligero cosquilleo en la boca del estómago.
Pero como esos perfiles se concentran en quienes obtienen significadas
mayorías, no nos queda más remedio que negar la mayor (nego maiorem ergo nego consequentiam). Y pensar seriamente que la
tan cacareada crisis económica es puro invento de eso mentado como opinión
pública.
Alegamos que el político se vuelve miope cuando ocupa el
sillón correspondiente. Que se sumerge en una realidad que no concuerda con la
que el común de los mortales observa diariamente. No obstante, continuamos,
erre que erre, confiando que nos sacará del atolladero, cuando lo normal es que
el defecto de la vista se agrave. Y ni siquiera desconfiamos cuando vislumbramos
que portan unas gafas, tipo culo de botella, que ponen de manifiesto, bien a
las oscuras, que no a las claras, que el percance adquiere tintes alarmantes.
Si mi modesta recomendación sirviera para algo, aconsejaría que
fuéramos nosotros los que giráramos visita al oftalmólogo de turno. Porque es
la miopía de los electores la que debería preocuparnos sobremanera. La otra, la
del de la poltrona, es cuasi congénita. Pero la nuestra sí que tiene cura. Y
hasta podría ser que la mejoría del ciudadano mayor de edad, al que se le
presupone el conveniente juicio, estimulara la visión de los de la enfermedad
innata.
Me temo, no obstante, que la sociedad no está para recibir
admoniciones. Se basta en su
engreimiento y no repara en mirar si la piedra que tiene delante es aquella con
la que ha tropezado en numerosas ocasiones. Los callos del dedo gordo de ambos
pies, que ya se alongan por fuera de la tela de la lona de esparto (calzado
preferido de la clase media canaria), suplen, y con creces, las consecuencias
de las colisiones.
Como he solicitado que no remitan propaganda electoral a mi
domicilio, y funciona, no se me va a presentar la disyuntiva de qué elegir ante
la avalancha de candidaturas. Así que me iré tranquilito al colegio que me han
asignado y por el camino iré cavilando. Seguro que cuando llegue, y enseñe mi
documento de identidad, ya habré dispuesto de los suficientes minutos para que
ese momento decisivo de consolidación de la democracia, no se convierta en el
clásico instante del bien quedar y ya cumplí. Y si no, como hice en anteriores
ocasiones, voto por correo y mantengo las distancias con las cámaras que suelen
acecharme cada cuatro años para inmortalizar mi presencia en…
Bromas aparte, recapacitemos y no malgastemos palabras en
discusiones inútiles. Que no nos asedie la cortedad de alcances o de miras, es
decir, la miopía.

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