Viene el titular a cuento de los vaivenes, cuando no
patinazos, del teórico líder popular (en la práctica es una madrileña la que
marca la pauta, aunque me da que es un tal MAR quien mueve todos los hilos). No
solo en sus intervenciones públicas más cotidianas, sino, además, en sus
debates con Pedro Sánchez en el Senado.
Que yo deba recurrir a los papeles para mis escasas
intervenciones ante el público, con el agravante de un nerviosismo congénito,
es disculpable pues mi relevancia viene determinada por una potencia negativa
de 10, es decir, que divido en vez de multiplicar. Pero que eso ocurra en quien
aspira a dirigir los destinos de una nación y que, aun así, los patinazos son
de órdago, me da que la mejoras con respecto a Casado distan mucho de las
expectativas creadas: en falso, por lo que se palpa. Incluso lleva escritas las
intervenciones de las réplicas. A saber, usted conteste lo que crea conveniente
a la pregunta inicial, que yo le rebatiré con las instrucciones del manual. Y
después se ausenta. Lo que constituye una auténtica desvergüenza. Y a final de
mes…
Por ello, y retomando una secuencia de las tantas charlas
habidas durante las cinco horas, aproximadamente, de la comida, y observando lo
que se cuece (guisa, en canario) en el desempeño de los cargos públicos, se
impone un examen de ingreso. Porque en la actualidad cualquier hijo de vecino
debe presentar su currículum para poder acceder a un puesto de trabajo. Algo
que no sucede para formar parte de candidaturas. Con el plus añadido de que
cuando se colocan pasan a cobrar muy fuerte pastón. Y luego los oyes hablar –cuando
las circunstancias obligan a semejante sacrificio– y te percatas de la
importancia de mantener la boca cerrada si no estás convencido de que lo que
vas a decir es más importante que la elocuencia de un silencio. Y el summum: cuando desde el gabinete de
prensa ponen en su boca palabras… Déjalo, que te conozco.
Cámaras vacías cuando los jefes se ausentan. Varios días a
la semana dedicados a los asuntos de sus formaciones políticas. Y cada vez más
leyes. Lo que nos convierte en un país sobrado de preceptos. Con redacciones legislativas
que posibilitan a los jueces dictar sentencias para todos los gustos. Y
disgustos, claro. Y cómo no van a ocurrir estos desaguisados si votan sin haber
leído. ¿Es normal que deba haber un encargado para dar la señal a sus señorías
sobre lo que deben votar, y, a pesar de la indicación, meten la pata? Pues sí, una
prueba de cultura general con problemas matemáticos en que se deban manejar
restas y divisiones, porque sumas y multiplicaciones ya las dominan de
nacimiento.
Antes de volver con nuestra comida y ante la moda de presumir
de logros y méritos académicos por parte de los superdotados (los que sí dan la
talla), lo mismo voy a tener que elaborar mi currículum, que vendría a ser como
unas memorias encubiertas a estas alturas de la vida. Puede que alguno se
sorprenda cuando le cuente las veces que he sido número uno en varias facetas.
Hasta el primero de toda España en unas competiciones didáctico-deportivas allá
en los albores de la década de los setenta del pasado siglo. Y calladito que me
lo tenía. ¿No querías caldo? Toma dos tazas, pollaboba (canarismo = cretino).
Bien de botellas de vino se rifaron. Amén de algunas
manualidades bien preciosas. Y unos libros. También una estancia en una casa
rural silense. Y una comida en el propio establecimiento del encuentro. Nada de
nada, mi niño, tengo una suerte…
Pedro Maestre comenzó a comentarme pasajes de Florencio Sosa
y le vendí un libro para que se leyera el capítulo correspondiente a esta
figura portuense, de este ilustre dehesero. Cándido Armas, nada más bajarme del
coche me espetó: estuviste en Lanzarote y no te dejaste ver. Chacho, me tienen
controlado. También le vendí un libro. Eso le pasa por meterse conmigo. Y una
sanmiguelera conocía a parte de mi familia mejor que yo. Este mundo es un
pañuelo. Otro libro.
Y nos dieron las dos, y las tres, y las cuatro… y casi sale
la luna. ¿O ya había hecho acto de presencia?

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