martes, 29 de noviembre de 2022

No da la talla

Estuvimos el pasado sábado –corresponde una detenida visual a la foto– echándonos unos condumios en La Victoria de Acentejo, la patria chica del amigo y compañero Carricondo, organizador de todo tipo de eventos; así que toma nota para cuando necesites un animador socio-cultural-lúdico-festivo. Y aprovechamos, asimismo, para unos saludables paliques. Como no se hallaba presente el amigo Humberto (sus ocupaciones al frente de la Academia Canaria de la Lengua lo tenían entretenido por tierras conejeras) no nos preocupamos demasiado en cuidar las formas, así que dimos rienda suelta a los ímpetus del jubilado para arreglar medio mundo. La otra mitad quedó pendiente para la próxima de junio del 23.

Viene el titular a cuento de los vaivenes, cuando no patinazos, del teórico líder popular (en la práctica es una madrileña la que marca la pauta, aunque me da que es un tal MAR quien mueve todos los hilos). No solo en sus intervenciones públicas más cotidianas, sino, además, en sus debates con Pedro Sánchez en el Senado.

Que yo deba recurrir a los papeles para mis escasas intervenciones ante el público, con el agravante de un nerviosismo congénito, es disculpable pues mi relevancia viene determinada por una potencia negativa de 10, es decir, que divido en vez de multiplicar. Pero que eso ocurra en quien aspira a dirigir los destinos de una nación y que, aun así, los patinazos son de órdago, me da que la mejoras con respecto a Casado distan mucho de las expectativas creadas: en falso, por lo que se palpa. Incluso lleva escritas las intervenciones de las réplicas. A saber, usted conteste lo que crea conveniente a la pregunta inicial, que yo le rebatiré con las instrucciones del manual. Y después se ausenta. Lo que constituye una auténtica desvergüenza. Y a final de mes…

Por ello, y retomando una secuencia de las tantas charlas habidas durante las cinco horas, aproximadamente, de la comida, y observando lo que se cuece (guisa, en canario) en el desempeño de los cargos públicos, se impone un examen de ingreso. Porque en la actualidad cualquier hijo de vecino debe presentar su currículum para poder acceder a un puesto de trabajo. Algo que no sucede para formar parte de candidaturas. Con el plus añadido de que cuando se colocan pasan a cobrar muy fuerte pastón. Y luego los oyes hablar –cuando las circunstancias obligan a semejante sacrificio– y te percatas de la importancia de mantener la boca cerrada si no estás convencido de que lo que vas a decir es más importante que la elocuencia de un silencio. Y el summum: cuando desde el gabinete de prensa ponen en su boca palabras… Déjalo, que te conozco.

Cámaras vacías cuando los jefes se ausentan. Varios días a la semana dedicados a los asuntos de sus formaciones políticas. Y cada vez más leyes. Lo que nos convierte en un país sobrado de preceptos. Con redacciones legislativas que posibilitan a los jueces dictar sentencias para todos los gustos. Y disgustos, claro. Y cómo no van a ocurrir estos desaguisados si votan sin haber leído. ¿Es normal que deba haber un encargado para dar la señal a sus señorías sobre lo que deben votar, y, a pesar de la indicación, meten la pata? Pues sí, una prueba de cultura general con problemas matemáticos en que se deban manejar restas y divisiones, porque sumas y multiplicaciones ya las dominan de nacimiento.

Antes de volver con nuestra comida y ante la moda de presumir de logros y méritos académicos por parte de los superdotados (los que sí dan la talla), lo mismo voy a tener que elaborar mi currículum, que vendría a ser como unas memorias encubiertas a estas alturas de la vida. Puede que alguno se sorprenda cuando le cuente las veces que he sido número uno en varias facetas. Hasta el primero de toda España en unas competiciones didáctico-deportivas allá en los albores de la década de los setenta del pasado siglo. Y calladito que me lo tenía. ¿No querías caldo? Toma dos tazas, pollaboba (canarismo = cretino).

Bien de botellas de vino se rifaron. Amén de algunas manualidades bien preciosas. Y unos libros. También una estancia en una casa rural silense. Y una comida en el propio establecimiento del encuentro. Nada de nada, mi niño, tengo una suerte…

Pedro Maestre comenzó a comentarme pasajes de Florencio Sosa y le vendí un libro para que se leyera el capítulo correspondiente a esta figura portuense, de este ilustre dehesero. Cándido Armas, nada más bajarme del coche me espetó: estuviste en Lanzarote y no te dejaste ver. Chacho, me tienen controlado. También le vendí un libro. Eso le pasa por meterse conmigo. Y una sanmiguelera conocía a parte de mi familia mejor que yo. Este mundo es un pañuelo. Otro libro.

Y nos dieron las dos, y las tres, y las cuatro… y casi sale la luna. ¿O ya había hecho acto de presencia?

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