Valga el párrafo introductorio
para poner de manifiesto el acto celebrado este pasado viernes en la Finca Las
Molinas. A Palo Blanco subimos unos cuantos jóvenes entrados en años ─¿o ya
debo plasmar aquí que por tantos abriles de experiencia formamos parte del
catálogo de patrimonios de la humanidad?─ porque la agrupación local realejera
del Partido Socialista Obrero Español tuvo a bien rendir homenaje a “toda una
vida” enfocada al trabajo, entrega y defensa de unos ideales.
Aquellos que siguen mis escritos –artículos
de opinión– en los diferentes medios de los que me he servido, saben que me he
mostrado crítico con la comodidad que se instaló en La Cascabela durante demasiado
tiempo. Pero en la tarde-noche del viernes referenciado (día 18 de noviembre)
me llevé una agradable sorpresa. Se nota ya, y mucho, la mano de Melissa García
Dóniz al frente de un navío que parece navegar ahora con objetivos más definidos.
Algo de lo que me alegro enormemente. Lo de menos es el detalle que se nos
entregó –que no por ello dejamos de reconocer y valorar, faltaría más– sino el
espíritu que allí se palpó. Salí con la impresión de que renace una ilusión que
había quedado aletargada por mor de otras derivas que no vienen al caso.
No es fácil reunir a tanta gente.
Los tiempos actuales marcan otros derroteros, donde la componente de servicio
público –la de restar horas a espacios personales y familiares para dedicarlos
a una sociedad necesitada de todo tipo de apoyos– ha quedado diluida por
apetencias económicas y escaladas o ascensos en organigramas institucionales y
partidarios. En mi pueblo, desgraciadamente, sabemos algo de tal particular.
Sentí que el recuerdo me
trasladaba a esos años idos en los que el reloj no marcaba restricciones ni establecía
cortapisas ante una dedicatoria desinteresada y altruista. Chema Estévez, tan
genial como siempre, condujo una gala –que sí, coño, seamos capaces de
adaptarnos a otras épocas– en la que se evocaron pasajes de los que nuestro
pueblo puede sentirse orgulloso, a pesar de tanto olvido interesado. Si en la
Villa de Viera se despertara la conciencia crítica y margináramos lo que es
flor de un día por los hechos y realizaciones constatables, otras derivas
serían posibles.
No me corresponde realizar una crónica
del acto. Solo plasmo mi parecer, como he hecho siempre. Pero si fuimos capaces
de aguantar desde las seis y media de la tarde hasta cuando el reloj (el del
móvil, que el otro lo jubilé conmigo) ya nos indicaba que el sábado había hecho
acto de aparición –con lloviznas tan dignas de agradecer– significa ello que
mal no lo pasamos. Y hasta un servidor, enemigo, como saben aquellos pocos que
bien me conocen, de eventos de estas características, salió muy satisfecho de
haber sido partícipe del recuerdo.
Debo confesar, asimismo, que la
emoción me embargó cuando desfilaron en la pantalla los rostros de quienes nos
han ido dejando, de aquellos que se marcharon –físicamente– pero cuya memoria
seguimos honrando. Permítanme retratarlos en el amigo Pedro, el de La Ladera,
un todoterreno cuya ausencia nos impactó sobremanera y al que dediqué esta
décima en el pasado mes de junio: A la gente que yo estimo, / la evocaré
siempre en vida, / pues entiendo la partida / como un viaje, eso esgrimo. / Y
la tristeza suprimo / porque presentes están; / del recuerdo no se van / los
momentos compartidos, / cuando todos bien unidos: / ¡Cuánto anhelo! ¡Cuánto
afán! Creo, humildemente, que en estas mal hilvanadas rimas se condensan los
principios de quienes trabajan, sin pedir nada a cambio, por nobles causas.
Mil gracias por la invitación, mis felicitaciones a los
organizadores y a ti, Melissa, nuestra secretaria general, a seguir en la
brega. Devuélvenos la ilusión. Y a quien encabezará la próxima candidatura en
las elecciones municipales de mayo de 2023, que ya sabe donde vivo, mi apoyo
incondicional. Viejito, pero con tino. Menos da una piedra, que se dice.
Define la RAE al término utopía como la representación imaginativa de una sociedad futura de características
favorecedoras del bien humano. Quiero ir mucho más lejos y dejar de lado
ese aspecto de fantasía o sueño. Y pensar que lo utópico debe ser la meta de un
proceso guiado por la inteligencia. Que impere el juicio, y aun reconociendo
errores cometidos, seamos capaces de sentirnos orgullosos de las
transformaciones y realizaciones habidas. Que no son pocas. Y, sin postureos ni
alharacas, hagamos factible que las nuevas generaciones no persistan en ese
falso pensamiento de que todo surge de la nada. Despertemos conciencias y
sigamos sembrando semillas.
Dicho (escrito) queda.

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