lunes, 21 de noviembre de 2022

Toda una vida

Es el título de la canción escrita por el compositor cubano Osvaldo Farrés (1902-1985). Una de las más de 300 de su amplísimo repertorio, fundamentalmente boleros, cuyo legado constituye una herencia difícilmente igualable. A destacar su falta casi total de conocimientos musicales y su peculiar manera de sacar adelante todo aquello que por su mente pasaba: memorizaba la canción, la tarareaba ante una grabadora y enviaba el resultado a un amigo con formación adecuada para transcribirla. De él se ha dicho que le cantaba al amor y a la mujer en una forma directa y sencilla que no es lo mismo que simple.

Valga el párrafo introductorio para poner de manifiesto el acto celebrado este pasado viernes en la Finca Las Molinas. A Palo Blanco subimos unos cuantos jóvenes entrados en años ─¿o ya debo plasmar aquí que por tantos abriles de experiencia formamos parte del catálogo de patrimonios de la humanidad?─ porque la agrupación local realejera del Partido Socialista Obrero Español tuvo a bien rendir homenaje a “toda una vida” enfocada al trabajo, entrega y defensa de unos ideales.

Aquellos que siguen mis escritos –artículos de opinión– en los diferentes medios de los que me he servido, saben que me he mostrado crítico con la comodidad que se instaló en La Cascabela durante demasiado tiempo. Pero en la tarde-noche del viernes referenciado (día 18 de noviembre) me llevé una agradable sorpresa. Se nota ya, y mucho, la mano de Melissa García Dóniz al frente de un navío que parece navegar ahora con objetivos más definidos. Algo de lo que me alegro enormemente. Lo de menos es el detalle que se nos entregó –que no por ello dejamos de reconocer y valorar, faltaría más– sino el espíritu que allí se palpó. Salí con la impresión de que renace una ilusión que había quedado aletargada por mor de otras derivas que no vienen al caso.

No es fácil reunir a tanta gente. Los tiempos actuales marcan otros derroteros, donde la componente de servicio público –la de restar horas a espacios personales y familiares para dedicarlos a una sociedad necesitada de todo tipo de apoyos– ha quedado diluida por apetencias económicas y escaladas o ascensos en organigramas institucionales y partidarios. En mi pueblo, desgraciadamente, sabemos algo de tal particular.

Sentí que el recuerdo me trasladaba a esos años idos en los que el reloj no marcaba restricciones ni establecía cortapisas ante una dedicatoria desinteresada y altruista. Chema Estévez, tan genial como siempre, condujo una gala –que sí, coño, seamos capaces de adaptarnos a otras épocas– en la que se evocaron pasajes de los que nuestro pueblo puede sentirse orgulloso, a pesar de tanto olvido interesado. Si en la Villa de Viera se despertara la conciencia crítica y margináramos lo que es flor de un día por los hechos y realizaciones constatables, otras derivas serían posibles.

No me corresponde realizar una crónica del acto. Solo plasmo mi parecer, como he hecho siempre. Pero si fuimos capaces de aguantar desde las seis y media de la tarde hasta cuando el reloj (el del móvil, que el otro lo jubilé conmigo) ya nos indicaba que el sábado había hecho acto de aparición –con lloviznas tan dignas de agradecer– significa ello que mal no lo pasamos. Y hasta un servidor, enemigo, como saben aquellos pocos que bien me conocen, de eventos de estas características, salió muy satisfecho de haber sido partícipe del recuerdo.

Debo confesar, asimismo, que la emoción me embargó cuando desfilaron en la pantalla los rostros de quienes nos han ido dejando, de aquellos que se marcharon –físicamente– pero cuya memoria seguimos honrando. Permítanme retratarlos en el amigo Pedro, el de La Ladera, un todoterreno cuya ausencia nos impactó sobremanera y al que dediqué esta décima en el pasado mes de junio: A la gente que yo estimo, / la evocaré siempre en vida, / pues entiendo la partida / como un viaje, eso esgrimo. / Y la tristeza suprimo / porque presentes están; / del recuerdo no se van / los momentos compartidos, / cuando todos bien unidos: / ¡Cuánto anhelo! ¡Cuánto afán! Creo, humildemente, que en estas mal hilvanadas rimas se condensan los principios de quienes trabajan, sin pedir nada a cambio, por nobles causas.

Mil gracias por la invitación, mis felicitaciones a los organizadores y a ti, Melissa, nuestra secretaria general, a seguir en la brega. Devuélvenos la ilusión. Y a quien encabezará la próxima candidatura en las elecciones municipales de mayo de 2023, que ya sabe donde vivo, mi apoyo incondicional. Viejito, pero con tino. Menos da una piedra, que se dice.

Define la RAE al término utopía como la representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Quiero ir mucho más lejos y dejar de lado ese aspecto de fantasía o sueño. Y pensar que lo utópico debe ser la meta de un proceso guiado por la inteligencia. Que impere el juicio, y aun reconociendo errores cometidos, seamos capaces de sentirnos orgullosos de las transformaciones y realizaciones habidas. Que no son pocas. Y, sin postureos ni alharacas, hagamos factible que las nuevas generaciones no persistan en ese falso pensamiento de que todo surge de la nada. Despertemos conciencias y sigamos sembrando semillas.

Dicho (escrito) queda.

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