jueves, 15 de diciembre de 2022

Feminismo (1)

Fue Heraldo de Orotava una revista ilustrada con cierta orientación turística. Aparece en febrero de 1921, dirigida por Francisco Dorta y Jacinto del Castillo. De pequeño formato y 4 páginas en su interior con ilustraciones y fotografías coloreadas del Valle de la Orotava. El semanario dejó de publicarse en julio de 1921, reanudándose con el nº 21 (1 oct. 1922). Llegó al menos hasta julio de 1923, con 58 números (notas de Julio Yanes Mesa en Historia del periodismo tinerfeño, 1758-1936).

Nos detenemos hoy en su número 32 (año II), correspondiente al 17 de diciembre de 1922 (sábado), cuya primera página pueden ver en la ilustración adjunta. En ella, una amplia y sentida semblanza del joven Francisco Codesido Hernández –cuya lectura dejo a la consideración de ustedes– de la que rescato estas líneas:

Murió cuando comenzaba a soñar, cuando las mariposas del optimismo revoloteaban en torno suyo, deslumbrándole con la gama de sus colores maravillosos; en edad hermosa en que el Sol nos ciega cuando se sabe mirar hacia la altura y el corazón es una fuente de fuerzas ocultas que vencen siempre, que jamás se rinden porque las alienta el calor de los grandes sentimientos y el impulso de los grandes ideales.

Pero si nos atenemos al título del presente, en la página 2 del citado ejemplar nos tropezamos con un artículo del portuense Sebastián Padrón Acosta, sacerdote atípico, escritor, crítico literario, de cuya figura se acaban de publicar dos nuevos volúmenes (Miscelánea artística y Miscelánea histórica), editados por José Miguel Perera, en un acto celebrado recientemente en el Instituto de Estudios Hispánicos y que estuvo presentado por la amiga Margarita Rodríguez Espinosa.

Llevaba por título ¡Seamos quijotes del feminismo! e iba dedicado a Juanita Fernández el Castillo. Del tenor literal siguiente:

Heme aquí de nuevo, lanza en ristre, en pro de la mujer. En los torneos medioevales los altivos caballeros deponían sus trofeos a los pies de las damas, rendidos de galantería. Luchemos nosotros todos, ¡hombres de buena voluntad!, en este torneo feminista, en esta lucha titánica, en la que los más sagrados derechos de la mujer se le disputan. Armémonos caballeros andantes, y marchemos a desfacer todos los entuertos y los agravios todos a la mujer inferidos. Y cuando volvamos de la contienda, con nimbos triunfales, arrojemos a los pies de la mujer –eterno ensueño de felicidad– todas nuestras reivindicaciones, todas nuestras conquistas, todas nuestras victorias feministas. Sigamos esa ruta, abierta audazmente por los grandes cerebros pensadores, por las grandes mentalidades conquistadoras, por las inteligencias que rompen con las viejas y seculares trabas de ridículos y estúpidos prejuicios. Los fantasmas de diferencias intelectivas, de impotencias morales, de debilidades físicas, van disipándose al conjuro mágico y enaltecedor de la voz redentora, de la voz rebelde, que suena como un pregón de justicia inapelable.

En España tenemos andantes caballeros rebeldes como Julio Alarcón y Meléndez, Gregorio Martínez Sierra, Graciano Martínez, Severo Catalina, Serafín y Joaquín Alvarez Quintero, que han abierto la senda. Caminemos por ella, que nosotros, los españoles, debemos más que ninguna otra raza, lanzarnos a la reivindicación. ¡Qué mujeres tenemos en el campo dilatado de nuestra historia, llena de epopeyas y de audacias! ¡Isabel la Católica, doña Blanca de Navarra, dos mujeres formidables, dos mujeres regias! Y si a Galicia vamos, allí surgirán, aureoladas de inmortalidad, tres cerebros portentosos: la eminente socióloga y criminalista, Concepción Arenal, la autora de “Estudios penitenciales”, “La mujer del porvenir”, y “Cartas a los delincuentes”. Y encontraremos a una poetisa altísima, “el ruiseñor de Galicia”, el Bécquer gallego, Rosalía de Castro de Murguía, la que escribió “En las orillas del Sar”, libro que, en sentir del gran Azorín aún no ha sido estudiado en toda su grandiosidad.

Y brillará en cumbres altísimas aquel águila audaz, viajera de altas esferas, que se llamó Emilia Pardo Bazán, la que delineó con delicados y seguros perfiles la gran figura medioeval y secular de “San Francisco de Asís”, la que trazó las personalidades que se mueven en “Los Pazos de Ulloa”, la que escrutó en los abismos psicológicos de las delicadas almas que se agitan en “El Tesoro de Gastón”. Son estas mujeres la gloriosa trilogía femenina de Galicia, la tierruca de los ensueños en el paisaje, de las mimosidades en fabla, de las dulzuras patriarcales de su vivir. En Avila –la memorable ciudad histórica– surge la más alta cumbre femenina de nuestro solar castelluno: Santa Teresa de Jesús de Cepeda y Ahumada. Esa egregia Santa de Castilla, que era monja de clausura, reformadora de órdenes, fundadora de conventos, teóloga del amor, psicóloga, poetisa, literata adorablemente casta, luminosamente sincera, inmortalmente castellana de pura cepa. Mujer que fué encarnación de su tierra, de su raza, de su siglo. Y tras ella, si abrimos las páginas de nuestra historia, irán desfilando como una procesión de almas preclaras, las más altas exaltaciones del espíritu castellano, las más puras exaltaciones de la mujer española, las más sublimes entronizaciones de la mujer genial y cristiana.

Tenemos, pues, el deber de arrojarnos en pos de estos ideales, que han de triunfar forzosamente. Mirémonos en el espejo del héroe manchego, de nuestro padre y señor D. Quijote de la Mancha, el de las galanterías audaces y formidables. Marchemos a desfacer entuertos y agravios inferidos. Cumplamos con este deber de alta galantería. Seamos caballeros andantes del feminismo. Arrojemos a los pies de la mujer española nuestro vasallaje. Hagamos justicia. La mujer nos llama. Sean para ella todas nuestras reivindicaciones, porque de ella brotamos y hacia ella somos arrastrados irremisiblemente, infaliblemente. Devolvamos sus derechos a la que nos lanzó a la vida en medio de amargos dolores. Alimentemos la gratitud, que es sentimiento de almas próceres. Una mujer contribuyó a redimirnos. Y era ella como el símbolo de su estirpe. Redimamos hoy nosotros a la mujer. Seamos quijotes del feminismo. Una mujer valiente y valiosa: Berta de Sutner gritaba: ¡Abajo las armas! Gritemos también nosotros: ¡Abajo los prejuicios antifeministas!

(finalizamos mañana)

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