Nos detenemos hoy en su número 32 (año II), correspondiente
al 17 de diciembre de 1922 (sábado), cuya primera página pueden ver en la
ilustración adjunta. En ella, una amplia y sentida semblanza del joven
Francisco Codesido Hernández –cuya lectura dejo a la consideración de ustedes–
de la que rescato estas líneas:
Murió cuando comenzaba
a soñar, cuando las mariposas del optimismo revoloteaban en torno suyo,
deslumbrándole con la gama de sus colores maravillosos; en edad hermosa en que
el Sol nos ciega cuando se sabe mirar hacia la altura y el corazón es una
fuente de fuerzas ocultas que vencen siempre, que jamás se rinden porque las alienta
el calor de los grandes sentimientos y el impulso de los grandes ideales.
Pero si nos atenemos al título del presente, en la página 2
del citado ejemplar nos tropezamos con un artículo del portuense Sebastián
Padrón Acosta, sacerdote atípico, escritor, crítico literario, de cuya figura
se acaban de publicar dos nuevos volúmenes (Miscelánea artística y Miscelánea
histórica), editados por José Miguel Perera, en un acto celebrado recientemente
en el Instituto de Estudios Hispánicos y que estuvo presentado por la amiga
Margarita Rodríguez Espinosa.
Llevaba por título ¡Seamos quijotes del feminismo! e iba
dedicado a Juanita Fernández el Castillo. Del tenor literal siguiente:
Heme aquí de nuevo,
lanza en ristre, en pro de la mujer. En los torneos medioevales los altivos caballeros
deponían sus trofeos a los pies de las damas, rendidos de galantería. Luchemos nosotros
todos, ¡hombres de buena voluntad!, en este torneo feminista, en esta lucha
titánica, en la que los más sagrados derechos de la mujer se le disputan.
Armémonos caballeros andantes, y marchemos a desfacer todos los entuertos y los
agravios todos a la mujer inferidos. Y cuando volvamos de la contienda, con
nimbos triunfales, arrojemos a los pies de la mujer –eterno ensueño de
felicidad– todas nuestras reivindicaciones, todas nuestras conquistas, todas
nuestras victorias feministas. Sigamos esa ruta, abierta audazmente por los
grandes cerebros pensadores, por las grandes mentalidades conquistadoras, por
las inteligencias que rompen con las viejas y seculares trabas de ridículos y
estúpidos prejuicios. Los fantasmas de diferencias intelectivas, de impotencias
morales, de debilidades físicas, van disipándose al conjuro mágico y enaltecedor
de la voz redentora, de la voz rebelde, que suena como un pregón de justicia
inapelable.
En España tenemos
andantes caballeros rebeldes como Julio Alarcón y Meléndez, Gregorio Martínez
Sierra, Graciano Martínez, Severo Catalina, Serafín y Joaquín Alvarez Quintero,
que han abierto la senda. Caminemos por ella, que nosotros, los españoles,
debemos más que ninguna otra raza, lanzarnos a la reivindicación. ¡Qué mujeres tenemos
en el campo dilatado de nuestra historia, llena de epopeyas y de audacias!
¡Isabel la Católica, doña Blanca de Navarra, dos mujeres formidables, dos mujeres
regias! Y si a Galicia vamos, allí surgirán, aureoladas de inmortalidad, tres
cerebros portentosos: la eminente socióloga y criminalista, Concepción Arenal,
la autora de “Estudios penitenciales”, “La mujer del porvenir”, y “Cartas a los
delincuentes”. Y encontraremos a una poetisa altísima, “el ruiseñor de Galicia”,
el Bécquer gallego, Rosalía de Castro de Murguía, la que escribió “En las
orillas del Sar”, libro que, en sentir del gran Azorín aún no ha sido estudiado
en toda su grandiosidad.
Y brillará en cumbres
altísimas aquel águila audaz, viajera de altas esferas, que se llamó Emilia Pardo
Bazán, la que delineó con delicados y seguros perfiles la gran figura medioeval
y secular de “San Francisco de Asís”, la que trazó las personalidades que se
mueven en “Los Pazos de Ulloa”, la que escrutó en los abismos psicológicos de
las delicadas almas que se agitan en “El Tesoro de Gastón”. Son estas mujeres
la gloriosa trilogía femenina de Galicia, la tierruca de los ensueños en el
paisaje, de las mimosidades en fabla, de las dulzuras patriarcales de su vivir.
En Avila –la memorable ciudad histórica– surge la más alta cumbre femenina de
nuestro solar castelluno: Santa Teresa de Jesús de Cepeda y Ahumada. Esa
egregia Santa de Castilla, que era monja de clausura, reformadora de órdenes,
fundadora de conventos, teóloga del amor, psicóloga, poetisa, literata
adorablemente casta, luminosamente sincera, inmortalmente castellana de pura
cepa. Mujer que fué encarnación de su tierra, de su raza, de su siglo. Y tras
ella, si abrimos las páginas de nuestra historia, irán desfilando como una
procesión de almas preclaras, las más altas exaltaciones del espíritu
castellano, las más puras exaltaciones de la mujer española, las más sublimes
entronizaciones de la mujer genial y cristiana.
Tenemos, pues, el
deber de arrojarnos en pos de estos ideales, que han de triunfar forzosamente.
Mirémonos en el espejo del héroe manchego, de nuestro padre y señor D. Quijote
de la Mancha, el de las galanterías audaces y formidables. Marchemos a desfacer
entuertos y agravios inferidos. Cumplamos con este deber de alta galantería.
Seamos caballeros andantes del feminismo. Arrojemos a los pies de la mujer
española nuestro vasallaje. Hagamos justicia. La mujer nos llama. Sean para
ella todas nuestras reivindicaciones, porque de ella brotamos y hacia ella
somos arrastrados irremisiblemente, infaliblemente. Devolvamos sus derechos a
la que nos lanzó a la vida en medio de amargos dolores. Alimentemos la
gratitud, que es sentimiento de almas próceres. Una mujer contribuyó a
redimirnos. Y era ella como el símbolo de su estirpe. Redimamos hoy nosotros a la
mujer. Seamos quijotes del feminismo. Una mujer valiente y valiosa: Berta de
Sutner gritaba: ¡Abajo las armas! Gritemos también nosotros: ¡Abajo los
prejuicios antifeministas!
(finalizamos mañana)

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